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¿Reedición del Partido de Conciliación Nacional?

El argumento esgrimido por los antiguos revolucionarios para justificar su incorporación al funcionariado estatal del sistema que antes combatían, es que ellos demostrarían a la vieja y corrupta clase política, la manera transparente de administrar el Estado y de hacer política.

Justificaron a fin de incorporarse al mundo empresarial, con el argumento que ellos demostrarían a la vieja y corrupta gran clase empresarial, una vez más, la manera transparente de hacer negocios y cómo las empresas deben cumplir con su reponsabilidad social, ecológica y fiscal.

Y sin embargo con el correr del tiempo no hay muestras de una ni de otra cosa; sino la simple y llana incorporación al estilo tradicional oscuro y semiclandestino de administrar Estado y empresas. Ésto a pesar que los mismos ex revolucionarios impulsaron la ley de transparencia y acceso a la información pública.

Incluso cuando debería hacerse de oficio, por parte de los actuales gobernantres, ha sido imposible para el periodismo nacional acceder a conocer detalles de los gastos suntuosos de la Asamblea Legislativa, presidida por sigfrido Reyes (FMLN). Así como ha sido imposible acceder a conocer datos tales como, ¿a cuánto asciende la contribución del consorcio ALBA al fisco de la república?; ¿en concepto de qué?; ¿quiénes son los altos ejecutivos del consorcio ALBA? ¿a cuánto ascienden sus salarios?; ¿hay entre estos ejecutivos funcionarios estatales?; ¿devengan éstos doble salario de funcionarios y ejecutivos?; ¿quiénes son los familiares y compadres de altos políticos efemelenistas incorporados al funcionariado estatal? ¿tienen o nó, éstos mérito alguno, o tal incorporación se debe únicamente a lazos de compadrazgo y parentela?. En fin…

¿Pretendemos centrar nuestra crítica en el funcionariado y empresariado efemelenista?

No! No es así. Lo que ocurre es que la historia del viejo y corrupto gran empresariado salvadoreño, es harto conocida. Se trata de una historia de maltrato al ser humano, a la naturaleza y al Estado. Al Estado porque le exigen demasiado (exención impositiva, subsidios, condiciones preferenciales, amnistías judiciales… ); en cambio niegan al Estado todo derecho fiscalizador. A la naturaleza porque son los empresarios los máximos responsables del envenenamiento de aire, suelos, aguas y costas del territorio salvadoreño (Baterías Record, Quimagro… ). Al ser humano, porque niegan salarios justos, y en los últimos tiempos niegan incluso derecho a los trabajadores, en horas laborales, de acudir a los servicios sanitarios cuando ellos necesitan.

El descaro, sin embargo de los grandes empresarios salvadoreños es acorde a la enormidad de sus capitales. Pocas semanas atrás en entrevista periodística a Francisco de Sola, en tono de reproche cuestiona el entrevistador lo mucho que exige el gran empresariado al Estado, a fin de preguntar: ¿y qué ofrecen los empresarios a cambio?.

Indignado De Sola reprocha a la vez al periodista el porqué de esa pregunta. “Pagamos impuestos” responde en tono contundente (se abstiene de especificar cuánto porcentaje de sus multimillonarias rentas entrega al fisco), “cuidamos; protegemos a nuestra gente”, dice, (se refiere a los trabajadores).

Los más recientes reportes periodísticos sobre el gran empresariado salvadoreño dan a conocer que 116, 438 de ellos adeudan al Estado, en calidad de mora impositiva, poco menos de mil millones de dólares (un millardo) al Ministerio de Hacienda, y al Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS).

El presupuesto general de la nación para el año que corre es $4,679,517.67. Un millardo de dólares significan, por lo bajo, poco más de la cuarta parte de éste total. ¿Cuánta obra social no se pudiera llevar a cabo con el dinero adeudado, en el hipotético caso que no se lo robaran políticos y funcionarios gubernamentales?… La respuesta es miles y miles de obras, y en la misma proporción, miles y miles de salvadoreños que abandonasen la pobreza extrema, la delincuencia y el pandillerismo!

Los últimos reportes noticiosos acerca de la actividad empresarial también nos alertan acerca de que no pocas nuevas empresas de gran evergadura son producto y continuación de lavado de dinero proveniente de actividades delictivas; y que tales empresas, por su naturaleza ilícita no tienen algún interés por la estabilidad social y se suman a la tradición de negarse a pagar impuestos al Estado salvadoreño.

Debería el gobieno, ante este panorama, responder con el diseño de una política de actividad empresarial. Una política en la que no sólo exista la tendencia a la privatización, sino además a la estatización de las empresas deudoras, contrarias a la honestidad, a la ética y a la responsabilidad social.

Y sin embargo ha optado el gobierno salvadoreño por el perdón y los llamados a la recociliación de las empresas morosas con el Estado.

”Vamos a dar un plazo de 90 días para que paguen solo el capital. Ya no van a pagar multa ni intereses”, dijo el mandatario.

Los medios informativos dan a conoce, sin embargo, que la mayor parte del empresariado en mora desprecia tal amnistía, pues apenas una ínfima parte de ellos ha acudido a cancelar la deuda, a escasos días de cumplirse el primer mes de plazo.

La única y máxima sanción que espera a las empresas morosas que no paguen su deuda, es que sus nombres aparecerán publicados en los medios informativos.

De entre la gente pobre del pueblo, nadie podría reponder con certeza, el porqué el gobierno de los antiguos revolucionarios se muestra tan humildemente conciliador con una clase empresarial incapaz de conmoverse ante los llamamientos de honestidad y justicia social y prefiere, antes que tributar al Estado, fugar sus fortunas a paraisos fiscales extranjeros en donde duermen, esos capitales, el sueño de los holgazanes en lugar de contribuír al progreso de quien es su legítimo dueño: el pueblo trabajador.

Lo único que puede otearse en el ambiente es la vieja sentencia marxista: “El ser social es lo que determina la conciencia social; y no al revés”.

En otras palabras, independientemente que los nuevos empresarios provengan de la lucha revolucionaria; su nueva condición social los obliga a pensar y actuar como tales, a defender sus nuevos intereses empresariales, y abandonar el pensamiento revolucionario. En consecuencia, lo más conveniente para ellos es buscar la reconciliación, y no la confrontación con sus viejos enemigos, aunque éstos rechacen tal pretendida reconciliación una y otra vez.

Los salvadoreños, tan proclives a olvidar, se ven condenados, igual que Sísifo, a repetir su triste historia una y otra vez. Cualquiera diría por ello, que estamos ante una nueva reedición del Partido de Conciliación Nacional, que en los años 60 del siglo pasado pretendía, a fin de consolidarse en el poder, reconciliar a las víctimas de la dictadura militar, con sus victimarios, violadores y torturadores.

Pablo Perz


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