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Dar a los pobres

Cada vez que su intensa vida comercial le concede tregua alguna, toma entre manos el grueso tomo, escancia un coñac; toma posesión de su sillón favorito; pies sobre taburete; sin zapatos. Carga su pipa; prende el tabaco. Sorbo al coñac. Abre ceremonialmente las páginas y se entrega al deleite de una cadenciosa lectura.

Favorito pasatiempo de don Timo Ashkelón es consultar su árbol genealógico. La historia de su apellido.
El primer Ashkelón de que se tenga noticia fue un tal Derek quien en 1191 vendió por un ojo de la cara, una cantera de piedra a Ricardo I, cuya explotación serviría para levantar la renombrada fortaleza de Ashkelón. Siria oeste.

Al enterarse Corazón de León que aquel vendedor carecía de cualquier derecho sobre la pedrera, mandó corchetes a prenderlo, pero en ese momento la caravana de Derek avanzaba muy al sur de Jerusalén. Alcanzaba el golfo de Akaba que en su extremo sur se abre al Mar Rojo. Ahí embarcó hacia la India. Le acompañaban su mujer Ruth; Berk y Ark, sus dos hijos varones.
Desembarcados en Mumbai, se dirigieron a la mezquita, no demasiado lejos de la pagoda y de de la sinagoga. Se presentaron ante el imam Ariel, primo de Derek. El imam los acogió con entusiasmo y aprovechó para convocarlos al sermón del viernes.

Antes de establecerse como comerciante de tejidos, cambió Derek su apellido Ben Abt, por Ashkelón, en honor al estupendo negocio que le habia catapultado a rico.

El olfato para los negocios venía a don Timo pues, por genética pacientemente depurada a través de muchos siglos.
Ese olfato aconsejó establecer su cadena de supermercados en barrios de clase alta de las ciudades más pujantes del país. “El comercio es ahí donde está el poder adquisitivo”.

Circunstancias le concedían razón. En plena recesión, los negocios ubicados en barrios bajos carecían de ofertas, surtidos y clientes, abatidos hasta la quiebra, extorsionados, asaltados, estafados por hampones callejeros y también de cuello blanco.

Las tiendas de don Timo Ashkelón rebosaban de surtidos; abundaban de ofertas. Los pandilleros no se atrevían ahí. La custodia estaba a cargo de guardias privados.

Su sentido del negocio: ilímite. Con las frutas comenzadas a pudrir elaboraba don Timo conservas enlatadas. Enlataba los tomates en la misma condición reconvertidos a pasta; los aguacates a guacamole. Las verduras en el mismo estado partía en trocitos y las vendía congeladas. Elaboraba platillos con carnes no vendidas a punto de expirar, o las transformaba en embutidos. Mucha mercadería reciclada de este modo volvía a las estanterías.

Previsor, en sus establecimientos, aunque especializados en productos alimenticios abrió departamento navideño. Ahí, todo tamaño de árboles de navidad y accesorios; lucesitas de colores; portales de belén; Santa Claus de porcelana; trencitos, helicópteros; aviones, todos a control remoto; bicicletas, triciclos, muñecas parlantes. Gran surtido de artilugios electrónicos: celulares, laptops, tabletas, consolas… La lógica le guiaba. Estos artilugios serían la estrella de la temporada.

El consejo de alcaldes aceptó su recomendación: declarar temporada navideña con dos meses de antelación. Desde ese día colocó a sus empleados gorritos de Santa Claus. Les instruyó sobre la mejor manera de sonreir a los clientes. Él mismo en persona dirigía las operaciones desde la tienda principal que hacía las veces de centro de mando.

¿Cuál crisis? Eso es asunto de otros, no de Timo Ashkelón.

No tenía dios ni partido. Religión y política, son herramientas perfectas para estupendos negocios. Nada más.

Sí tenía un dios, pero se abstenía de alzar altar alguno por no invertir en rubros de dudosa rentabilidad. Le llevaba siempre en la mente. Le pedía consejo en los momentos más apremiantes: Mammón, dios de fenicios y cartagineses.

Llegó por fin Nochebuena.

El peso de los años; el estrés provocado por el arduo trabajo causaban a don Timo, cierta congoja. Eso le empujaba a la necesidad de dar gracias a alguien por el éxito que le sonreía. Trataba de recobrar, de este modo, el equilibrio emocional que tendía a abandonarlo. Mammón no acepta otro agradecimiento que no sea mayor sacrificio; incrementar el tesoro. Yendo en esa dirección multiplicaría la fatiga que le abatía.

Anheló entonces pertenecer a la grey de un dios menos brutal; menos tiránico. Pensó despachar una hora más temprano a los empleados; descartó la idea por infuncional. Seguían llegando clientes que atender.
Subió a la terraza. Buscaba una respuesta. Percibía música, petardos. La fiesta había comenzado, pero él sentía al lado del corazón, un dejo angustioso.

Acudió a su mente la leyenda que Santa Claus se llenaba de paz en Navidad, dando a los pobres algo de lo suyo.

Divisó los contenedores en los que la tienda deposita toda suerte de desperdicios. Una pequeña horda de famélicos indigentes los invadía. Hurgaban entre la basura. Observó largo rato mientras fumaba una pipada de tabaco perfumado. Sin dejar de escrutar la escena daba golpecitos a la pipa en el balaustre para sacudir la ceniza. De súbito iluminó su mente la respuesta que andaba buscando.

Bajó al interior de la tienda. Como un poseso se puso a hurgar estanterías y neveras de alimentos diversos. Examinaba cuidadosamente las viñetas. Rechazaba algunas; escogía otras mercaderías que colocaba primorosamente en sendas cajas de cartón. Ahí, carnes, pollos, pescados, embutidos, conservas, verduras, frutas, variedades de pan, biscochos, jaleas, jugos, pasteles; en fin…

No era poco lo recolectado al final de la tarea. Hizo dos montones. Con uno de ellos obsequiaría a los empleados. Con el otro montón, ayudado por subalternos, todos con gorritos de Santa Claus, se encaminaron hacia los indigentes que merodeaban alrededor de los contenedores.

Iba don Timo tarareando un villancico de su propia creación. “Jo jo jo jo… ¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz a los hombres en la Tierra!… Jo jo jo jo…”

Armados de palos se aprestaban, aquellos desdichados, a una batalla campal de todos contra todos. Disputaban espléndidos cartones que prometían mullido lecho a la hora de dormir.

A la vista de aquél belicoso espectáculo, don Timo y sus empleados, colocaron sobre el suelo las cajas, repletas de mercadería con fechas de caducidad vencidas y volvieron sobre sus pasos.

Corrieron los indigentes hacia aquellas cajas. La batalla campal no se aplazó, únicamente cambió de lugar y objetivo.

Fumaba otra pipada don Timo. Desde la terraza observaba la caótica trifulca. “No hay duda que los hombres nacen para matarse unos a otros”, reflexionó. “Humildemente, he respondido al llamado, de la voz de mi conciencia”.

Flotaba en el aire el villancico, Noche de paz; noche de amor.

Había don Timo Ashkelón recobrado el equilibrio emocional que le robaba el estrés. Accedía con pleno derecho a la paz prometida por el espíritu navideño. Había dado a los pobres, algo de lo suyo.

LP


1 Response to “Dar a los pobres”


  1. november 19, 2015 kl. 5:40 e m

    Que bonito, me ha encantado, gracias! lo comparto en mi facebook con tu permiso


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