10
Jan
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Maras, yihadistas, políticos y oligarcas

Josué N, microcomerciante originario de San Rafael Oriente fue vejado, por una clica de la Mara Salvatrucha, vapuleado, torturado, arrastrado quinientos metros, hasta una quebrada aledaña en donde finalmente fue lapidado de la manera más cruel posible hasta la muerte. El ataque inició en el concurrido munícipe mercado de El Tránsito del mismo departamento de San Miguel. Los numerosos testigos, paralizados por el terror tardaron en reaccionar dando aviso a la policía, hasta que los mareros habían desaparecido de la escena.

Aunque los hechores son ampliamente conocidos por los pobladores, al parecer no hay capturas. Es el efecto producido por el terror.
Los pandilleros actuaron de ese modo con Josué, porque era éste un forastero, completamente desconocido en el municipio; recién llegado con intención de establecerse.

Hay un inquietante paralelismo entre la conducta de las pandillas salvadoreñas y las fanáticas sectas islámicas que proclaman la Yihad (Guerra Santa), en el Oriente Medio.

Los pandilleros y las sectas islámicas se muestran firmemente empeñados en imponer su poder mediante el terror sobre la población más desprotegida. Expulsar o asesinar a todos aquellos que no son de su agrado o son simplemente desconocidos ahí donde ellos ejercen el control.

Las sectas islámicas dicen actuar por una motivación religiosa. Esta devota inspiración les lleva a vejar, torturar, asesinar; al extremo de, en obediencia al mandato de sus jefes, inmolarse ellos mismos a fin de sembrar el terror entre la población y eliminar a sus víctimas.

Las oscuras fuerzas que mueven los hilos de las maras, entendiendo la importancia de la inspiración religiosa para hacer del ser humano un títere obediente y borrar de su conciencia toda suerte de escrúpulo, han inventado su propia religión, le erigen altares y configuran su liturgia, sus juramentos y oraciones. Dos son sus principales deidades de culto: “la santa muerte y satanás”. Entre sus ritos iniciáticos están, asesinar una persona por primera vez (si no lo ha hecho antes), sin motivo alguno; descuartizar, beber sangre de sus víctimas o comer trozos de su corazón.
Tal como sucede con los integrantes de las sectas fanáticas, cumplir al pie de la letra y sin chistar, el ceremonial dedicado a la santa muerte, a satanás; cumplir los correspondientes ritos iniciáticos, convierte a los mareros en una suerte de autómata sujeto a la entera voluntad del jefe de clica.

Tal como los jeques de las sectas fanáticas, el jefe de clica de las maras salvadoreñas juega el papel de máxima autoridad en materia religiosa, política y militar; de supremo juez administrador de sus propias leyes que rigen al interior de la clica y sobre la población en la cual se insertan.
La evolución que experimentan las maras les ha llevado de la extorsión, al robo, al asesinato individual; a las masacres colectivas. Hace falta nada más que un pequeño paso, para que igual que sus similares yihadistas, comiencen a ejecutar atentados suicidas, de manera selectiva o masiva.

Como muchísimos dirigentes de todas las religiones existentes en el mundo, ni los jefes yihadistas, ni los jefes mareros son creyentes de algún dios o divinidad. Para ellos la religión es nada más que una herramienta para enriquecerse, sujetando mediante ritos y ceremonias, la voluntad de sus feligreses; convertirlos en títeres, eliminándo en ellos la capacidad de pensar por sí mismos.

El irracional actuar de yihadistas y maras, muestra el mismo resultado ahí en donde establecen su centro de operaciones: paralizada por el terror, la población, mansamente se somete al yugo que imponen tales grupos. A fin de protegerse terminan los pobladores respetando más a tales grupos violentos, que al poder legal. Acobardadas y desconcertadas las autoridades legalmente constituidas, gobierno, policía, ejército…, terminan por ceder el control territorial a maras, a yihadistas y se encierran ellos en su torre de marfil. Se hacen rodear de guardaespaldas hasta a la hora de sentarse en el retrete.

En El Salvador el flamante Ministro de Seguridad se muestra cada vez más impotente, sin la menor iniciativa y confuso; de espaldas a lo que muestra la realidad, los noticieros y las estadísticas. La segunda (¿tercera?), edición del Consejo Naciona para la Seguridad (otro flamante), asemeja a aquél famoso congreso de ratones que saben de la solución pero ninguno de ellos se atreve intentar poner el cascabel al gato.

La astenia de las autoridades en aquellos lugares del mundo donde actúan las maras y las sectas fanáticas, tiene su explicación. Es que la raíz de las maras como del yihadismo está echada en esos miles y miles; millones de seres humanos despeñados por el sistema y por el Estado, en la absoluta marginación social, en la absoluta miseria material y moral. Y para rescatar a esos millones de seres humanos del abismo a que han sido lanzados, es necesario que gobernantes, políticos y oligarcas de esas regiones cedan a ese fin, una pequeña parte de sus privilegios materiales, un pequeño porcentaje de las inmensas riquezas que han acaparado, apropiándose de las plusvalías producidas por el pueblo.

Bastaría con que los oligarcas de El Salvador regresaran al país, los miles de millones de dólares depositados por ellos en paraísos fiscales; pagaran impuestos justos e invirtieran esos millones en el país.

Bastaría con que los políticos de El Salvador gobernaran honradamente (sin nepotismo alguno), renunciaran a robar del erario nacional, se rebajaran el sueldo hasta la decencia, acorde a la capacidad de pago de una nación empobrecida y de poca voluntad contributiva. Bastaría sólo ésto para resolver la problemática en nuestro país.

El meollo del asunto está sin embargo, en que ni oligarcas ni políticos están dispuestos a ceder ni una mísera pisca de sus colosales privilegios.
Es que el problema de maras y yihadistas es para el pueblo llano, nó para las clases privilegiadas o los políticos de élite.

Todo parece indicar que únicamente las revoluciones marxistas, violentas, masivas, brutales y sangrientas, son capaces de hacer ceder a oligarcas y políticos del sistema.
Dijo aquél: “… esperaremos a ver qué pasa… “

Urías Eleazr


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