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La paz de las élites: El Salvador

Otros tipos de inseguridades sufridas por el pueblo salvadoreño, como la inseguridad alimentaria, la inseguridad generada por la escasés de agua utilizable, la inseguridad laboral y económica…, fueron dejadas de lado durante los actos conmemorativos de los Acuerdos de Paz, el año en curso. Y sin embargo no fue posible dejar de lado el tema de la inseguridad física y económica, generada por el accionar delincuencial y pandillero, debido a que éste era el asunto central del discurso que pronunciaría en el marco de la conmemoración el secretario general de la ONU Ban Ki-moon.
En efecto, el día 16 de enero, a la hora en que se desarrollaban los actos conmemorativos, sumaban en lo que va del mes, 7 policías asesinados por las maras.

Sin tomar en cuenta otros hechos que se quedaron únicamente en intento, la tendencia a inicios del 2015 es de, a manos pandilleras, un atentado mortal cada dos días, en perjuicio de los agentes del orden. En general, durante las dos primeras semanas de enero la tasa de homicidios delincuenciales ha traspasado la barrera de 13 muertes, diarias, en este país.

El ministro de Seguridad se toma las cosas con calma. A pesar que mediciones nacionales y extranacionales afirman lo contrario, “la criminalidad en El Salvador no es alta”. “Una cosa es la realidad y otra distinta la percepción de esa realidad”. “No es cierto que las pandillas hayan declarado la guerra a la Policía”, dice a los medios el Ministro de Seguridad Benito Lara. Ignorando la existencia de guerras no declaradas.
Parafraseando a Don Quijote de La Mancha, “Si los pandilleros están matando agentes, es porque los estamos combatiendo con efectividad” agregó otro funcionario gubernamental, como quien dice “… Si los perros ladran es porque cabalgamos Sancho amigo…”

Pero los agentes no están para filosofías quijotescas. A la tendencia pandillera de asesinar policías y a parientes de éstos, frente a la desidia gubernativa al respecto han reaccionado elaborando, los agentes rasos de la PNC, un comunicado en el que proponen duras medidas represivas antipandillas y reclaman al mismísimo presidente de la república (insinuando inoperancia del Ministro de Seguridad), ejerza él el liderazgo en el combate contra la delincuencia pandillera.

La violencia desatada hoy por las pandillas guarda inevitables similitudes (y también diferencias), con la pasada guerra revolucionaria. En el pasado, las fuerzas gubernamentales atacaban en dos frentes: a la población civil y a las fuerzas insurgentes. Hoy día son las pandillas las que atacan dos frentes: la población civil y las fuerzas gubernamentales.
La diferencia estriba en que, a la vez, las pandillas se atacan entre sí. Las organizaciones del FMLN, se limitaron a echarse zancadillas unas a otras.

Común denominador entre las fuerzas guerrilleras y los grupos pandilleros es la de presentar ante las fuerzas gubernamentales el combate irregular y asimétrico.

Otros dos denominadores comunes de ambos conflictos enfrentados a las fuerzas gubernamentales son, uno, que la principal e inocente víctima es la población civil; dos, que los orígenes de ambos conflictos está localizado en la marginación del concierto económico social de que son objeto las grandes mayorías de la población y la abismal desigualdad entre pobres y ricos que resulta de ello.

Otra disimilitud es que, a diferencia de lo ocurrido en el conflicto revolucionario, la entonces insurgencia representa hoy las fuerzas gubernamentales.

Se han dejado oír opiniones de algunos de los personeros que reclaman para sí la condición de vacas sagradas por el hecho de haber estampado su firma bajo el texto de los Acuerdos de paz.

A Alfreco Cristiani, presidente en funciones en aquella coyuntura, recalcitrante neoliberal quintuplicadamente enriquecido por la vía de privatizar, comprar y revender activos estatales, no le conviene se vea la violencia pandillera como resultado de la exclusión y la desigualdad social. Sugiere entonces que el pandillerismo tiene orígenes muy diferentes al fenómeno guerrillero, pero no hace el mínimo esfuerzo mental por ubicar la procedencia de uno y otro fenómeno.

Poco de más de ejercicio mental encontramos en la afirmación de Mauricio Vargas en cuanto a que uno de los obstáculos que han impedido a la clase política estructurar la paz social, es la tendencia a politizar las viejas y las nuevas instituciones resultantes de los Acuerdos. En efecto el compromiso histórico que se esperaba del FMLN estaba en demostrar que una nueva forma de hacer política era posible. El FMLN fracasó. Ni siquiera lo intentó. No son pocos los que opinan que su negativa a intentarlo se debió a su reconversión de revolucionarios a hombres de negocios.

El arzobispo de San Salvador no es signatario de los Acuerdos de Paz, pero sí toda una autoridad en la materia. Opinó en el marco de la conmemoración, algo así como que, en cuanto al problema pandillero y delincuencia en El Salvador, no tiene ni idea de cuál sería la solución; eso sí, recomendó, actuar con genuino interés de resolver.

Necesario es apuntar que de las opiniones vertidas por los suscriptores de los susodichos Acuerdos, únicamente el presidente Cerén señaló en su discurso, que el meollo de la violencia en contra de la población civil y en contra de las fuerzas gubernamentales desatada por las pandillas y la delincuencia en general, estriba en la enorme desigualdad de ingresos y oportunidades de progreso, en el seno de la población salvadoreña, provocada por el stau quo que vive el país.
Se torna inevitable, sin embargo. Apuntar además que el señalamiento del presidente Cerén se dejó oír demasiado tímido y fugaz; que el papel de un presidente de república no es únicamente la crítica del problema, sino también el de analizar detenidamente, proponer soluciones y promover iniciativas de ley encaminadas a resolver.

Por su parte el coordinador general del FMLN insinúa que su partido está satisfecho de saldar la promesa de conducir a los más desprotegidos por la ruta de salir de la extrema pobreza. Algo que contradicen mediciones elaboradas por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, las cuales concluyen que el desarrollo humano en nuestro país, sufre estancamiento y retrocesos en lugar de avanzar.

Cada año transcurrido esta conmemoración se vuelve una fiesta del partido en el poder en la que se vitorea al gobierno y se abuchea a la oposición.
A pesar que las estadísticas demuestran claramente la tendencia neoliberal de que los ricos se vuelven cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, los gobernantes afirman que todo marcha como debiere.

Lo que debiere, según ellos, es que hay paz entre los integrantes de la élite política y económica, a pesar de que el pueblo llano, a 23 años de firmados los Acuerdos de Paz, continúa tanto o más, victimizado, aterrorizado, temeroso de su seguridad en todo sentido, que en los peores momentos de la llamada “guerra revolucionaria”.

Ahmed Goliath


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