08
Feb
15

Yubini

Es para los nonualcos, volver del mundo de los muertos, la más grande azaña de que puede ser capaz el ser humano. Por infrecuente que resulta tal acontecimiento, cuando sucede, se celebra a lo grande entre los descendientes de Anastasio Aquino. Por tal razón, de regreso Yubini a su caserío natal (cantón La Lucha, Zacatecoluca), se lanzaron los pobladores a la calle, en un espontáneo carnaval. El chico fue paseado en hombros, entre petardos, música y júbilo general.

Pasada la fiesta y ya en la cama, hace como que duerme para no preocupar a sus abuelos. Lo que en realidad hace él es volver a repasar mentalmente todo lo acontecido.

Antes de ser lanzado, por fuerzas superiores a semejante aventura, las experiencias por él vividas le daban la impresión que en todo El Salvador, únicamente sus abuelos eran gente buena.

Le vino a la memoria el estribillo chovinista que escuchaba en la escuela entonado por chicos de los grados superiores:

“… Costa Rica gente marica; Nicaragua gente denaguas; Honduras gente de curas; El Salvador gente de valor; Guatemala gente mala… ”
Reflexionó… “… ¡También en Guatemala hay gente buena!…”

Intenta de nuevo retomar el hilo del sueño. Es inútil, la emoción no lo permite.

Serafín y Magdalena (sus abuelos), cobraron el día aquél en el banco cinco mil dólares enviados desde Los Angeles California, por German y Guadalupe (padres de él), a quienes sólo conoce por fotos. Los abuelos mandaron a decir al `Chele Paco´ que ya tenían el dinero.

No fue el Chele quien respondió, sino un pariente de él, que tendrían que esperar (Serafín y su mujer), unos días, pues aquél se encontraba en México; que no se sabía cuándo regresaría al país.

El día que hizo acto de presencia el aludido Chele, prepararon los abuelos a Yubini, una mochila (nuevecita, comprada exprofeso para la ocasión), con una mudada de ropa, unas pupusitas, una botella de agua y la foto más reciente de sus padres. Aparecían éstos muy acaramelados. Con un brazo se tomaban por la cintura mutuamente. Estiraban el brazo libre hacia adelante con las manos en puño y el pulgar hacia arriba.

Al momento de partir, colocaron los viejos al cuello del nieto un escapulario de la Virgen del Socorro y lo bendijeron.
Tomó el Chele los cincomil dólares y partió llevando con él a Yubini.

Llegaron a San Salvador; se les unieron otras dos personas. Abordaron un bus hacia ciudad Guatemala.

No fue difícil que Yubini pasara la frontera. Junto al pasaporte portaba el Chele Paco un documento notarial, en el que Serafín y Magdalena (abuelos y tutores legales del chico), hacían constar que éste viajaba con su tío (el Chele Paco), con la autorización de ellos.

Atravesaron Guatemala. Entre las sombras del atardecido llegaron a la frontera mexicana.
Pernoctaron cinco noches en un lúgubre hostal propiedad del Chele Paco. Esperaban cinco personas más que se sumarían a ellos.

Llegados los otros cruzaron la frontera hacia México. Tampoco fue dificil. El sello migratorio sin preguntas incómodas vale diez dólares por cabeza.

Aparentando que cada quien viaja por su lado abordaron todos destartalado bus de transporte público. Destino: Nuevo León. Echó mano el Chele Paco a un documento de identificación mexicano. Le dijo al chico: –Aprendéte esta historia: en adelante ya no soy tu tío, sino tu tata (papá). Sos nacido en Oaxaca y viajamos a Nuevo León. ¿Comprendés?
–Sí, comprendo.

A la entrada de Ciudad Hidalgo hay un permanente retén migratorio. Antes de sobrepasarlo encendió y apagó, el chofer, dos veces consecutivas los faroles delanteros del autobus. Era señal que llevaba sospechosos abordo. Hicieron los agentes señal de parada. El bus se detuvo, iba como lata de sardinas, repleto de pasajeros, sentados y de pié.
Yubini buscó entre el gentío a Paco para que le recordara la historia que tenía que contar, pero no dió con él.
De la abuela había aprendido que mentir es pecado mortal; que el pecado mortal es castigado con el fuego eterno. Cuando lo interrogaron los agentes, dijo: –Me llamo Yubini, soy del cantón La Lucha, Zacatecoluca, El Salvador; viajo con el Chele Paco hacia Estados Unidos, allá me esperan mis papás.

Con otro grupo de personas fue devuelto a Guatemala. El policía que revisó las pertenencias a Yubini, le devolvió al chico sus utensilios en una bolsa de plástico quedándose él con la mochila.

En Guatemala fue entregado a un albergue para niños de la calle a la espera de ser repatriado. Yubini, creyó acelerar las cosas buscando él mismo la terminal de buses hacia El Salvador. Escapó del albergue con esa intención. No llevaba dinero. Pensaba convencer al chofer que en llegando donde sus abuelos, le pagaría.

Caminó el día entero preguntando por la terminal de buses. Todo mundo le daba razón de la terminal, pero él no consiguió otra cosa que marearse cada vez más. Cayó la noche; quiso volver al albergue; le fue imposible. Estaba totalmente extraviado y con mucha hambre. Se tiró sobre la primera banca de parque que encontró. No durmió; la noche entera tiritó de frío.

Amaneció. Estaba en Mixco, periferia de la ciudad. El hambre le llevó a mendigar. Su inocente rostro le favorecía. Contó su historia a una vendedora callejera. Ésta le obsequió un plátano frito, le dió un par de monedas de baja denominación y le indicó cómo abordar un bus hacia el centro de ciudad Guatemala. Así lo hizo, pero en el laberíntico centro de la ciudad volvió a estar extraviado.

Pasó una semana mendigando alrededor de un parque cuyo nombre no supo descifrar. No se alejaba de allí para no extraviarse de nuevo. Dormía en portales de las cercanías, entre los indigentes. Aprendió que durmiendo acurrucado en un rincón, apoyando la espalda en la pared, se protegía mejor del frío.

La noche de sábado que lo mordieron los perros sucedió así: no lo dejaban dormir el hambre y la gélida brisa que corría silenciosa. Decidió entonces dar un paseo alrededor del parque. Reparó que en una banca próxima, bajo la luz de un farol, tres hombres bebían cervezas alborotadamente. Carcajeaban y comían hamburguesas de las que se desprendía un apetitoso aroma. De repente, se pusieron de pie los bebedores y se marcharon del lugar. Dejaban sobre la banca la bolsa de papel de donde extraían las hamburguesas. Seguramente contenía sobras, porque aunque soplaba viento, la bolsa no era barrida. Practicamente se abalanzó hacia ella Yubiny, al tiempo que hacía hacía lo mismo la jauría de perros callejeros.
Los abuelos preguntaban sobre las cicatrices en brazos y pantorrillas. Mentía diciendo que se pinchó cuando superaba una alambrada.

Conoció a Patsún Hután, vendedor ambulante de cobijas y abalorios. Hután le hizo su ayudante bajo la promesa de llevarlo hasta la frontera de El Salvador. Lo relegó a lo más pesado del trabajo: cargar con el paquete de cobijas.

El itinerario de Patsún sin embargo no los condujo hacia la frontera de El Salvador, sino a la de México. Yubini comprendió cuando leyó una señalización que decía: ”Hacia México”. Su patrón le prometió que en llegando a la frontera mexicana, harían el recorrido en sentido contrario hacia el sur, donde a Yubini convenía ir.

Estando en Huehuetenango, depositó el vendedor ambulante la mercadería en un hospedaje y se emborrachó en una cantina hasta perder el sentido. Hubo de cuidarlo Yubini hasta que despertó; lo condujo al hostal. En el hostal el chico dijo que tenía hambre. Cuando se emborrachaba Hután de ese modo, se olvidaba hasta de comer. Ante lo dicho por su ayudante, hizo un gesto de desprecio y se tiró sobre el camastro.

Al siguiente día Patsún volvió a emborracharse del mismo modo, hasta quedar dormido entre una zarta de incoherencias. Al despertar, dijo Yubini que ya no quería acompañarlo; que le diera algún dinero por el mes y medio que había trabajado para él. Como toda respuesta Patsún le dejó otra vez abandonado, hambriento y sin dinero.

Yubini volvió a mendigar. Entró a la catedral de Huehuetenango. Encontró al sacristán y le pidió de comer. El sacristán era salvadoreño. Le obsequió con una sopa de frijoles, reunió entre los feligreses algún dinero para él, y lo envió con un grupo de ellos que viajaban a ciudad Guatemala.
En el viaje contó su historia el chico a sus acompañantes. Conmovidos, algunos de ellos lo condujeron a la terminal de buses, a que abordara la unidad que viaja hasta San Salvador.

Lo dejaron ahí sus benefactores, continuando ellos hacia sus asuntos.

El busero no quiso llevarlo, porque carecía Yubini de identificación. Temía problemas con los agentes guardafronteras.

Volvió a la calle, pero no se alejó de la terminal. Sabía que era ese el punto clave para retornar a sus abuelos.
Mas de una vez había oído al viejo Serafín comentar: “es preferible pedir, que robar”. Tal paráfrasis servía como punto de referencia a su proceder en tales circunstancias.
Un grupo de mareros lo vigilaba. Le veían sólo. Conspiraban para reclutarlo; esclavizarlo al oficio de la extorsión, prostitución y venta de drogas.
El día que los mareros escogieron para asaltarlo, lo buscaron en los alrededores por donde solía merodear, pero no lo encontraron.
Un cobrador de buses que viajan hasta la frontera, le había convencido que si trabajaba de ayudante para él, ganaría lo suficiente para pagarse el pasaje hasta el puesto frontrerizo. La tarea era ayudar a acomodar los voluminosos bultos de los pasajeros. Yubini Accedió.

En la frontera contó su historia a una tendera. La tendera se apiadó de él, le dió de comer y recomendó a unos policías guatemaltecos que lo llevaron a la aduana salvadoreña. Puesto allí, a pesar de la detallada relación que hizo el chico para demostrar sus orígenes salvadoreños, un burócrata cara de perro impidió la entrada de Yubini a su país, por indocumentado, devolviéndolo al lado guatemalteco.
Los guatemaltecos hicieron un nuevo intento; esta vez lo entregaron a policías salvadoreños.

Las policîas del mundo son como Jano el dios romano: una cara buena y otra mala.

Uno de los policías era zacatense. Se comunicó con la central de Zacatecoluca. De la central se contactaron con Serafín y Magdalena hasta el cantón La Lucha. Presas de la conmoción cayeron los abuelos en la cuenta que carecían de recursos monetarios para viajar hasta la frontera para recoger al nieto.

Ciertos acontecimientos sucedidos durante la guerra civil, sirvieron de epónimo a ese cantón. Aún se respiraba un ambiente de solidaridad en el ambiente. Alguien organizó una colecta entre los pobladores. De este modo pudieron, el par de viejos, movilizarse hasta el paso fronterizo Las Chinamas.

Se encontraron por fin abuelos y nieto. Lloraron los tres, como llora la gente humilde, en silencio; sin aspavientos.

Habían transcurrido seis meses. En ese lapso, había Yubini vivido su cumpleaños número trece. Al salir del cantón rumbo a reunirse con sus padres que vivían el sueño americano, iba gordito, sonrosado; alegre; avispado. A su regreso era un costal de huezos, pálidamente entristecido; piojos en la cabeza; pelo largo enmarañado, opaco sin brillo alguno; tiña en las ingles; la piel cubierta por una costra oscura. Cojeaba. Por las destartaladas suelas de los zapatos se colaban los guijarros.

Lobo Pardo


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