29
Mar
15

El nahuilón

He nacido a la vida. Mi verdadero nombre es Manuel Hernández. “El nahuilón” es un mal apodo que me han puesto los que se mueven alrededor mío, porque ven en mí la tendencia a reclamar lo que necesito con chillidos y lloriqueo.
Veo tan de cerca ese rostro dulce y grave de mujer. A veces me arrulla, otras veces me reprende. Esas tetas bajo ropajes humildes que a fuerza de negárseme cuando más las he necesitado, he llegado a no desear en adelante. La búsqueda de un mísero salario las aleja de mí cuando el hambre me lacera el estómago.

Manos hacendosas van febrilmente del agua al hornillo, del hornillo al agua. Sacan de la cazuela sobre el hornillo, un puñado de frijoles sobre una tibia tortilla. Esas manos con voz femenina me zampaban con premura hace algún tiempo, frijoles y tortilla a la boca, urgiéndome tragar sin reparar si el bocado anterior estuviese deglutido. Hoy esa misma voz ordena me zampe yo mismo los bocados servidos sobre una escudilla de zinc con mis propias manos.
El tiempo transcurre con demasiada lentitud.
Me invade la angustia cuando ese rostro, esas manos; esa voz se alejan de mí, dejándome solo largas horas, para acudir unas y otra vez en busca de un salario que cada vez alcanza menos para frijoles y tortillas.

En esas largas jornadas de soledad escucho el rumor de un universo distinto más allá de la penumbra de esta pieza de mesón que es el universo que conozco. Salí de un útero tibio y rosado, para quedar atrapado en otro que es oscuro, de cal y bahareque, impregnado del hedor de mis propias excresencias.

Dejé de caminar en cuatro patas como los simios. He aprendido a caminar erguido como los adultos.

Asomo a la ventana para atisbar hacia afuera. Percibo el mundo de afuera muy distinto a lo que estoy acostumbrado entre estas cuatro paredes, de las que mi madre no me permite salir para librarme de peligros. Desde aquí oigo un rumor de voces graves, agudas, caóticas, y despotricantes que vienen de la calle. Un vaho como de agua de coco llega hasta mí cada vez que asomo a la ventana. Viene de un expendio de aguardiente instalado en la casa contigua. Ahí se remolinan igual que abejas al panal, un pequeño tumulto de beodos de ambos sexos. Beben entre gestos violentos y juramentos lanzados al aire, de ese líquido cristalino que destella con los rayos del sol. Luego caen al suelo, sumergidos en un profundo sopor. Desde mi atisbadero les veo tendidos en posiciones grotescas, dispersos sobre el andén, como si fuesen cadáveres producto de alguna insólita batalla. Los transeuntes hacen rodeo para evitarlos; otros simplemente saltan sobre ellos.

De una mujer vaciando la vejiga hacia mí, junto al andén de enfrente, he conocido la enmarañada fascinación causada a la vista del vello púbico femenino. Luisito, el nieto de la cantinera ha evacuado sus intestinos en mitad de la calle. Examina con curiosidad lo evacuado por él mismo; introduce un dedo en la plasta y se lo lleva a la boca. Ha reaccionado con un conato de vómito. Seguramente busca sentido a esa imprecación que se deja escuchar constante; imperiosamente en su casa, en la cantina, en la calle; en el vecindario todo; cuando el desespero de las gentes alcanzan el culmen de la irritación : ”¡Vos comé mierda! ¡Usté vaya a comer mierda! ¡Esos que coman mucha mierda!…”

Dos beodos han reñido. Uno de ellos, ahí mismo donde orinó la mujer, ha quedado tendido, sangrante, con un enorme cuchillo en la mano derecha. De aquél otro mundo que se vé más allá de esta calle, que llaman bulevar, descuelga un carro patrulla. Con sirena abierta ha llegado donde yace el acuchillado. Se apean dos agentes. Han sacado sus armas; detienen sospechosos. Gritan alto a otro beodo que corre; le disparan. Es raro, los disparos no eran estruendosos como yo esperaba, sonaron como cohetillos de navidad; los orificios en la espalda son chicos, casi no se distinguen, la sangre no es mucha, apenas unos hilillos, pero el acribillado ha muerto al instante. Los viadantes corren para alejarse de los disparos. He reconocido en los rostros de la gente, el miedo.

Presa del temor he cerrado la ventana. Me tiro a la cama con intención de alejarme de ese atisbadero como me aconseja mi madre cada vez que parte para el trabajo. Ya conozco lo que son la soledad, la ausencia, el insomnio, el miedo; las pesadillas. Presiento que se instalan en mí y me acompañarán para siempre en este camino que comienzo a andar.

Justo antes de echar llave a la puerta y marcharse, reza mi madre la misma explicación: que no es por maldad que me encierra en este cuarto oscuro, sino por mi propio bien, y la necesidad de procurar ella, para nosotros, el pan de cada día. El mesón al que pertenece esta habitación tiene cinco cuartos y un estrecho pasillo de uso común que conduce al lavatorio y a dos retretes hediondos. En cada uno de los cuartos vive una familia. Digo a mi madre que si deja sin llave la puerta que da al pasillo, podré ir al retrete cuando sienta deseos de evacuar. Pero ella no confía en algunos vecinos. Entre ellos hay gandules que no respetan la intimidad de un hogar; tampoco respetan a los niños. Ha comprado una bacinica, para que la utilice cuando me asalte la necesidad de orinar o defecar.

Tampoco yo lo hago por maldad, pero cuando quedo solo, me gusta jugar con el fuego de los cerillos con que se prende el hornillo de queroseno que sirve de cocina. Creo que con un poco de destreza se pueden hacer cosas creativas con el fuego más allá de el simple encendido de un hornillo. Presiento que la mayor hazaña que podría conseguir, es la de iluminar el interior de esta lógobre habitación tanto como ilumina el sol allá afuera, si es que logro que encienda el galón de keroseno que mamá almacena como reserva. He tratado muchas veces de hacerlo; me intriga no haberlo logrado. Cojo un cerillo, lo enciendo, lo coloco en la boca del galón, pero no prende como yo quisiera. No pocas veces he gastado la caja de cerillos completa sin resultado alguno. Más tarde supe que debido a que la boca del galón es un largo y estrecho tubo, se apaga el cerillo antes de llegar al queroseno. Insisto, no actúo por maldad. Lo hago por la necesidad de comenzar la andadura de ese mundo que evidentemente existe más allá de estas paredes que me encierran. Sospecho que podría ser infinito. A veces me pregunto si el mundo entero hede a mierda, a orines y agua estancada, como hede este mesón y la calle.

Lobo Pardo


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