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Apr
15

ES COSA DE LOCOS 2 (por Beto Sánchez)

Carrito: Un motorizado cuerpo humano: Cuando Estanislao fue niño cualquier trocito de madera lo convertía en un carrito que deslizaba con sus manos y su imaginación, por calles perfectamente trazadas sobre la tierra y el polvo del patio de su casa. También jugó colocando cajones uno tras de otro, simulando un autobús, con amiguitos y hermanos, sentados como pasajeros que subían y bajaban, mientras Estanislao conducía acelerando y desacelerando con el ruido de su boca.

El arranque y puesta en marcha del motor se aceleraba a medida que aumentaban las vibraciones de sus labios, movidos por el soplo que de los pulmones pasaban por su garganta y boca. Todo eso había jugado siendo niño, pero nunca había visto una persona simulando conducir un carro en medio de la calle, respetando las señales de tránsito, haciendo los altos, señalando con sus brazos hacia a donde quería cruzar. Ese fue el loco, a quien todos los del Barrio La Bola conocieron por “Carrito”.

“Carrito” se había transformado o personalizado en conductor de un carro imaginario que el mismo manejaba por las calles de San Salvador. Siempre iba descalzo sin importarle las altas temperaturas del pavimento, que con el solazo del mediodía y en tiempos de calor, podría ser insoportable para cualquier planta de pie acostumbrada a la chuña. Por mucho que lo intentamos, la muchachada del barrio nunca supo donde parqueaba su carro. Siempre iba a un trote que parecía deslizarse sobre ruedas por la calles, y aunque siguiéramos corriendo tras de él, siempre nos dejaba atrás, hasta que lo perdíamos de vista.

Carrito compartía conmigo – contaba Estanislao – la 29 Calle Oriente. “El circulaba sobre la calle y yo le veía pasar rápidamente desde mi anden. Unas veces nos cruzábamos en sentidos contrarios, en otras ocasiones en el mismo sentido, pero él iba tan de prisa que nunca lo logre alcanzar”. Seguramente nunca llegó hasta el final de la 29 calle, porque allí estaba el manicomio, donde lo hubieran podido recluir y dejarlo fuera de su feliz circulación por las calles de San Salvador.

Tuvo la suerte de padecer su locura antes de la explosión del parque vehicular de San Salvador, cuando las calles eran apropiadas al tamaño de la ciudad y a la población. Antes de que irrumpiera la locura de los microbuseros y choferes temerarios, que llevan escondido bajo el asiento el machete o la pistola, para descargar su furia y frustración con el primer cliente que les salga rezongón. Locuras como la de Carrito ya no serán posibles en estos tiempos de locura.

Tepica: Esquizofrenia por los velorios: “Tepica” era un alto señorón de cabeza rapaz. Vestía siempre un enorme saco, color café y pantalón caqui. Siempre listo para asistir a la primera vela que se noticiara. Se había creado fama de ser un asiduo paracaidista de los velorios.

Y es que los velorios de antes eran para darse el gustazo de una buena tamaleada, beber café acompañado de una diversidad de panes dulces. Que peperechas, que honradas, que cachitos, salpores, polveadas, sustos, suspiros, pan de muerto, semitas mieludas altas y pachas, santanecas, migueleñas etc. También se podía  jugar a las barajas y con un poco de suerte ganarse unos centavos. En los velorios de antes, también era posible divertirse oyendo y contando chistes de todos los colores y tomarse uno que otro cafecito con piquete. “Tepica” había descubierto la oportunidad que cada velorio presentaba. Algunas veces terminaban en jolgorios o en trifulcas con más difuntos y más velorios.

Como rezador oficial en las velas, “Tepica” debió aprenderse las oraciones especializadas para cada tipo de velorio. También debía darle seguimiento a cada difunto, hasta terminar con el rezo de los nueve días. Tiempo durante el cual las almas deambulan en el inframundo hasta que por fin son recibidos en la gloria del señor. El novenario se convertía en otro jolgorio, donde los dolientes del difunto se iban de bolsa con más comida  y más diversión para rezadores y acompañantes que lograban la oportunidad. Al final, cada uno se iba con su estampita para recordar al difunto.

Cuando llego la crisis política de los años 70, las muertes en San Salvador fueron abundantes y “Tepica” ya no dio abasto para tanto velorio, además del peligro que significaba caminar por las noches. Los velorios se convirtieron en reuniones políticas para condenar la barbarie de la dictadura militar y en solidaridad con los dolientes que cruel y despiadadamente eran asesinados cada día. La vorágine de violencia política ya no se detuvo y los velorios se fueron transformando en reuniones políticas sobrias o en velorios atrapados por el comercio de funerarias que proliferaron con los muertos.

La muchachada del Barrio La Bola se dispersó para siempre y nunca se volvió a reunir para jayanear en las esquinas o jugar incansablemente a la pelota hasta la oscuridad de la noche. Unos migraron pal norte, otros a la clandestinidad de la lucha revolucionaria, algunos se hicieron servidores del régimen y no se supo cómo fue el final de “Tepica”. ¿Cómo habrá sido su velorio? Puedo adivinar que fue un triste velorio, sin acompañantes, no por eso falto “Tepica”, solo que esta vez él fue el difunto sin paracaidista.

Estanislao: “Que divertido y beneficioso es hacerse el loco”

Los hospitales públicos de San Salvador se les suele llamar hospitales de caridad, en ellos la atención hospitalaria no es un derecho ciudadano, sino una limosna que el Estado destina a las personas pobres debilitadas por una enfermedad. Uno nunca sabe con quién tendrá que compartir días y semanas confinado en largos pabellones, con camas alineadas, en las que endosan a los enfermos. Ya metido allí, hay que tener templanza,  voluntad de vivir y espíritu positivo, ante la adversidad de haber perdido la salud.

Se dice que en el hospital y en la cárcel se conocen los amigos, pero también allí se forjan amistades y recuerdos que quedan para siempre. Este es uno de mis recuerdos más felices en aquella adversidad que todavía me llena de humor en aquellos tiempos de infortunio.

Me encontraba compartiendo mi lecho de enfermo con otros desconocidos a quienes nunca en mi vida había visto y como no había otra cosa que hacer, mas que esperar el día de la operación o el día feliz del alta; comenzamos a platicar.

Nos fuimos conociendo unos con otros, ganando confianza y  amistad. Éramos unas ocho personas, cada uno desde su cama compartía lo que quería. Hablamos de nuestras vidas personales, de trabajos, de la situación política del país, de la crisis y del trato en los hospitales  y hasta de la fealdad o de la hermosura de las enfermeras y auxiliares.

En una ocasión, a cuatro de los pacientes se nos informó que a la mañana siguiente y en ayunas, se nos llevaría al laboratorio para sacar muestras y exámenes, a fin de prepararnos para la intervención quirúrgica que por largos meses habíamos esperado. Nuestro pabellón era un viejo edifico anexado al verdadero hospital, y para llegar al laboratorio había que caminar y atravesarse algunas cuadras y calles.

A eso de las 7 de la mañana apareció un enfermero con cuatro extrañas pijamas de mezclilla azuladas, diferentes a las de claro color, como las que normalmente se usaban en el hospital.

  • Lo siento mucho, – dijo el enfermero – pero debido a las huelgas y a la falta de recursos, no me entregaron pijamas para enfermos normales en la lavandería, así que van a tener que usar pijamas de los enfermos mentales.
  • Nos van a confundir con los locos – dijo uno de mis colegas – estas pijamas son bien conocidas en el ambiente hospitalario y en todos los alrededores del área; van a creer que estamos locos.
  • No importa – dije yo – de todos modos aquí nadie nos conoce y solo será para ir a sacar las muestras de sangre, heces, orina y rayos equis.

No hubo mayor discusión y decidimos tomar la cosa por el lado amable, nos encasquetamos las pijamas y salimos con una mezcla de pena y vergüenza, pero decididos a afrontar lo que se nos pusiera en el camino.

Durante el trayecto nos fuimos dando cuenta como la gente de la calle nos miraba de manera extraña pero con amabilidad, nos abrían paso por los andenes topados de gentes que subían y bajaban de los autobuses, corriendo como locos para llegar a sus destinos. Aquella amabilidad nos resultó extraña y fuimos comprendiendo que todo era por causa de los uniformes. Entonces comenzamos a actuar y disfrutar.

En el trayecto fuimos tomando experiencia de nuestra actuación. Cada quien cambio su forma de caminar y cada uno gesticulaba muecas y movía brazos y dedos, asumiendo el rol que le asentaba a su propia personalidad. El enfermero que nos acompañaba, entendió muy bien nuestro rol y decidió hacerse a un lado, solo nos miraba de lejitos, tratando de no cagarse de la risa.

Las largas filas para ser registrado y manoseado a la entrada del edificio principal, para comprobar que no lleváramos alimentos, se hizo corta por arte de magia. Nos abríamos paso fácilmente entre los tumultos de gente enferma y acompañantes. Los custodios, mal encarados y de pésima conducta en el trato con la gente, nos abrían rápidamente las puertas y portones, dejándonos pasar como si fuéramos gente VIP. En la sala de Rayos X y en el laboratorio todo resultó fácil y rápido. Entre más mostrábamos locura, más amable y rápido era el trato que se nos daba.

De regreso al anexo, las calles estaban más llenas de gentes y tráfico y como ya habíamos adquirido   experiencia, el impacto que dejamos entre conductores y peatones fue mucho más impresionante. Llegamos hasta el anexo, relatamos lo sucedido al resto de enfermos y pasamos varios días muriéndonos de la risa hasta mear y lagrimear, que solo fue parada hasta que supimos que uno de nuestros ocho compañeros del pabellón había fallecido durante la operación, por causa de una mala práctica médica, llevándoselo a la morgue del hospital, porque nadie  reclamó el cuerpo mortuorio, ni nadie puso un reclamo ante la displicencia del cuerpo médico acostumbrados a matar pacientes.


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