30
Apr
15

La dispersión o la desbandada

Como en toda conmemoración, en la del primero de mayo, año con año se acumulan nuevas tradiciones. Y quizás la más antigua y más arraigada de éstas es que cada una de las tendencias conformantes del espectro político, marchan y celebran por separado. En los primeros años de conmemoración marchaban juntas; pero muy temprano aquellos colectivos que se veían asímismos menos contaminados de impurezas en obra y pensamiento, sintieron la necesidad de separarse de la muchedumbre impura. Lo hicieron de ese modo, y para demostrar su elevado estado de conciencia, procuraban confeccionar sus banderas con un rojo o un negro más intenso que el rojo o negro de las otras agrupaciones antes hermanas ahora rivales. Los comerciantes con mayor olfato competían ferozmente entre sí para colocar en el mercado cantidad de telas de rojos y negros más encendidos que las que ofertaban sus competidores. Desde entonces, partían las organizaciones de diferentes puntos de la ciudad con metas de llegada asimismo diferentes, profiriendo distintos discursos; y sin embargo, pregonando cada una de ellas, la unidad.

Con la tradición de marchar por diferentes rumbos, también vino la tradición de enviar espías a que observaran para luego informar al comando central, si el número de marchantes que acompañaron a los otros había sido mayor o menor que el número de los propios. Los espías suelen ser más astutos que sus jefes, de tal modo que para congraciarse y ascender en el escalafón organizativo, minimizaban la cantidad numérica de los rivales.

No pocas veces la lucha política adquiere la apariencia de una esfinge que nos formula contradicciones hasta cierto punto inauditas. Las inteligencias de las diferentes organizaciones no dejaban de reprocharse asímismas que marchar por separado, era la mayor debilidad ante el establecimiento.
Paradógicamente, el establecimiento hacía votos para que los manifestantes retomaran la tradición de marchar unificados. “Si marchan en un solo frente” razonaba el status quo, “se nos facilita su control”.

En efecto con una columna de banderas rojas por el norte, otra de banderas menos rojas por el este; una columna de banderas negras por el sur, y otra de banderas rojinegras por el oeste, se sentía el orden establecido como toro abatido por un enjambre de abejas.

Ese año, la celebración del primero de mayo prometía el mismo esquema de siempre. Diferentes estructuras orgánicas que marchaban hacia las antípodas, las unas de las otras, preconizando la ación unificada. Así se hizo, pero en horas de la tarde sucedió de la regla, la excepción. Las difernciadas columnas convergieron en un sólo punto por primera vez en muchísimos años. Parecían darse la mano al interior de un enorme galpón en donde se había instalado una feria para recoger y enviar fondos a las víctimas del terremaremoto de cierto lejano país. La feria se mostraba nutrida de trovadores, bailarines, declamadores, rifas, bebidas, bocadillos, saltimbanquis…

Es sabido que los actos artísticos ablandan el frío corazón de los dirigentes políticos. De modo que pudo ser visto hasta con cierta naturalidad que el cacique Tres Plumas se daba la mano y conversaba con el cacique Maravilla. Eso los envalentonó, y ya envalentonados trataban de subyugar al Coyote Cojo, quien como siempre escuchaba las razones de éstos aguerridos jefes, mostrando humildad con la cola entre las patas. Merodeaba alrededor de ellos, también con ánimos de tregua el poeta discípulo del autor de `Secuestro y capucha´ (quien también ostenta grado de cacique) Únicamente Flores Pipil no aparecía por ninguna parte. Algunos se atrevieron a elucubrar que probablemente este otro preboste había retomado el camino a la clandestinidad.

Las masas del pueblo se dieron cuenta de aquella, tan solo por la mañana consideraba imposible conjunción, y se sintieron connmovidas. “Ojalá que se mantengan así todo el tiempo, que ya no haya más disolución!” murmuraba la gente, “…unificados ellos, el pueblo se unificará y dirá, nó a la descongregación”.
Viéndolos compartir en plena camaradería, las masas irredentas y desarrapadas contemplaba a sus jefes con arrobo.

En esto, uno de los saltimbanquis que se dedicaba a hacer malabares con teas encendidas, acercó demasiado las antorchas a uno de los sensores del dispositivo de seguridad. Se disparó la alarma de incendio.

También es sabido que los dirigentes políticos por naturaleza son hipersensibles a todo tipo de alarmas, así que los caciques ahí reunidos, al ulular de la sirena, y como activados por el mismo resorte, gritaron al unísono: “¡Sálvese quien puedaaaa!!, y se dieron a la desbandada.

De este modo sobrevino pues, explosivamente, una vez más, de manera irremediable y por tiempo indefinido, la fatídica dispersión.

Lobo Pardo


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