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Del golpe suicida

Aquellos contertulios no eran gente cualquiera. Eran hombres y mujeres con un nivel de preparación no despreciable. Habían participado a uno u otro lado del conflicto, unos en el terreno militar, otros como propagandizadores o simples activistas; algotros como diplomáticos; logísticos, en fin…

Participaban de un experimento reconciliatorio echado a andar, la tarde que Joaquín Villalobos asistió a cenar en casa de uno de los oligarcas que la guerrilla bajo su comando tuvo en cautiverio, en uno de los períodos más álgidos del enfrentamiento.

Intrigados por la profusidad con que aparece en las guerras musulmanas a lo largo de su historia, se elucubraba alrededor del golpe suicida. ¿Qué había detrás? ¿Fe religiosa? ¿Aguna droga? ¿El mandato del patriarca?…

Aparece la huella del golpe suicida, mucho antes de la era musulmana; en el germen mismo de la cultura occidental.

Arrebatadoramente prendado de la bella Betsabé, manda prender, escudado tras fútiles pretextos, el rey David al capitán Urías, marido de la cortesana, destacado a la sazón en el frente filisteo. Recibe orden el comandante general de las fuerzas israelíes, que someta a emasculación al capitán que tiene fama de valiente y le obligue a lanzarse en comando suicida contra el enemigo. Así se hace; en consecuencia, desposa el rey a la furiosamente deseada Betsabé.

Al arribar al largo período de paz prometido en las tablas antiguas de caracteres sánscritos, los temibles pelotones de combatientes élite de la nación Shik, pasaron a jugar el papel de custodios del templo dorado enclavado al centro del territorio Punjab, cuyas cúpulas son de oro; legado que conservan hasta hoy día esos guardianes. Se transmitirá intacta la tradición de generación en generación hasta la consumación de los siglos. El sagrado templo es resguardado de toda profanación pecaminosa, al precio de la propia vida.

Dispersadas por el diluvio, las tribus que atravesaron más allá de la región Chuckchi, alcanzaron Alaska y siguieron hacia el sur; ubicados que se vieron en línea recta hacia el valle Anahuac, presintiendo en el horizonte la tierra prometida, se entregaron a la voluntad de Huitzilopotchtli, quien reclamó de ellos sangre y corazón, para alimentar el fuego de la vida.

Maestro supremo de comandos suicidas, el viejo Hassan as- Habbas, murió apaciblemente el año 1124 en el fuerte Alamut, ”Nido de águilas” enclavado en risco inaccesible de la cordillera Elburz, pleno corazón del territorio shií. Atacaban, los comandos del Alamut personalidades políticamente decisivas. Su método era cambiar el rumbo de la historia a golpes de puñal. Actuaban en solitario. Concientes que una vez alcanzado el objetivo no había escapatoria alguna, despreciaban el alfange, defendiéndose del contraataque con la misma daga con que habían matado. Caían, abatidos con un sacro mantram en los labios, y una idea sublime que les conducía al regazo desnudo y tibio de las vírgenes uríes; las que conducen a los mártires al paraíso.

Desarticuló de de tal modo Hassan, la ola selyúcida que amenazaba el chiismo, una vez agotada la doctrina de Zoroastro.Surgió a la vida entonces una palabra castellana: ”asesino”. ”Hassanssin”: los enviados de Hassan

Hay una manifestación pasiva del soldado suicida, como cuando los restos de la diesmada oficialidad samurai del regimiento Kio Sumo, quienes no pudiendo evitar el desembarco de los traidores que se habían avenido a la doctrina de los rubios extranjeros que violentaban la sagrada paz del Fujiyama, fueron conminados al harakiri, para que pudiera ser limpiada la hasta entonces impoluta gloria del Gran Shogun.

Cuatrocientos años más tarde, lo que fue solo presagio de lo que habría de ser la guerra cibernética del siglo XXI, incluyó un capítulo de interminables oleadas de pilotos kamikases que se inmolaban sobre sus blancos .

Existe un lado humanista, positivo respecto del desapego a la propia vida por parte de un combatiente, como similarmente existe en el héroe civil que salva vidas a costa de su propia existencia.

Los milicianos antitanques en Vietnam, eran a la vez labradores y combatientes. Colocaban y hacían estallar sobre los lomos de acero, minas que atracaban con su propio cuerpo; única forma de parar aquellas monstruosas máquinas que devastaban los arrozales.

A esta especie pertenece el legendario soldado costarricense a quien Centroamérica vive por siempre agradecida: Juan Santamaría. Se ofreció voluntariamente para hacerse volar junto con el polvorín de las huestes de Wiliam Walker, lo que significó el principio del fin del filibustero que en ciertas ocasiones enarbolaba la bandera de las barras y las estrellas y en otras un apócrifo pabellón de su propia creación.

Se ha insistido en que a esa misma talla pertenece Rigoberto López Pérez.

El día señalado por este bohemio nicaragüense hacedor de versos y tejedor de sueños (miraba a su patria esclavizada y la soñaba libre), según el plan que él mismo había elaborado a solas con su propia conciencia, se levantó muy de mañana a la primera llamada del gallo, se allegó a las orillas del Xiloa a bautizarse definitivamente, tomó sus alimentos como de costumbre, elaboró unos cuantos versos cotidianos; hasta cierto punto intrascendentes; se tomó el tiempo para explicar con palabras sencillas a su madre cuanto la amaba y para escribir un par de cartas de amor (tales hombres son de amores innumerables).

Cayó la tarde preñada de arreboles. Comenzó el baile en el palacio del tirano. Se apersonó Rigoberto haciendo uso de la invitación que se había agenciado y cuando el matador de Augusto Cesar Sandino estuvo a su alcance, le perforó el pecho con tiros de su revólver, al mismo tiempo que los guardaespaldas del cacique descargaban sus armas sobre aquel que era a la vez poeta y combatiente suicida.

Tomó la palabra Roberto Martinez quien fue sargento en el batallón ”Ronald Reagan” durante la guerra civil de El Salvador.

“Creo haber advertido el caso de un soldado suicida en Concho Machuca. Machuca, por su condición de escuadronero se jactaba de tratar de tú a tú con el teniente Molina. Comandaba el teniente nuestra compañía que esa tarde bajaba por el Río Gualcho después de un día de intermitentes escaramuzas con el enemigo. Estábamos agotados, hambrientos. Una lluvia pertinaz nos calaba hasta los huezos. Llegamos al pié del Jícaro por el lado en que se levanta como una abrupta pendiente de poco menos de mil metros en un ángulo de sesenta grados.

-Permiso mi teniente! -dijo Machuca-, sugiero que acampemos en este lugar donde estamos y lo evacuemos mañana por la mañana. El teniente Molina le miró de reojo, éste sabía que los insurgentes que comandaba Lorenzo Márquez se movían al oriente; que Camilo Turcios había cruzado la Carretera Panamericana hacia el norte y avanzaba desde el vértice Gualcho – Lempa; por lo que desatendiendo la recomendación de Machuca ordenó la ascensión hacia la cúspide del cerro. La tropa estaba extenuada, pero obedeció preparándose para la penosa marcha. Machuca, sin levantarse del lugar en que descansaba recostado sobre su mochila con el fusil sobre las piernas, elevó la voz para decir: -Escuche teniente! Si nos obliga a subir este maldito cerro ahora mismo, soy capaz de pegarme un tiro!

Molina, acostumbrado a aquellas bravuconadas no le prestó mayor atención. Cuando la vanguardia encolumnada enrumbó de lleno sobre la falda del Jícaro, se oyó un solo disparo, sordo y seco, entre las sombras porque la tarde había entrado de lleno. Machuca yacía sobre el suelo mojado por la lluvia, con la cabeza destrozada.

-Qué hacemos mi teniente? Ordene! -dijo el sargento del pelotón de retaguardia. -Quítenle el equipo, la mochila y déjenlo allí que se lo coman los perros! -contestó el teniente sin detener la marcha”.

Bejamín Macias, quien el año que fue firmada la paz cumplía 32 años, presumía de conocer a profundidad la moral de lo que fue el ejército insurgente, pues él mismo era hijo de guerrillero.

“Nó!”, dijo Benjamín, atajando ciertas sugerencias que cernían en el ambiente, “en las tropas nuestras no existió nunca la mística suicida; allí lo que existió fue la vergüenza combativa, es decir; en la acción ofensiva, la decisión de no dar marcha atrás hasta ver cumplida la misión encomendada. Y en la acción defensiva, el coraje de cumplir hasta las últimas consecuencias con la consigna: ¡No pasarán!”

Lobo Pardo


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