05
Jun
15

El velorio

Hay episodios de la vida que nos dan la sensación que ya los hemos vivido antes. Los más jovenes de las gentes que velaban los cadáveres de Evelina, dirigente comunal de Quebrada Seca (treinticinco años), y de Onofre, su hijo menor (nueve años), tenían la sensación que ya habían vivido antes ese mismo velorio.
Esto podría deberse a que, no pocos de ellos, siendo bebés, o pequeñuelos, habían estado en situaciones similares, acompañando a sus padres; sensación que ahora afloraba desde el subcosciente.

Los más viejos sabían a ciencia cierta que ni ese velorio, ni los otros a los que habían asistido recientemente, los habían vivido nunca antes. Estas muertes estaban enmarcadas en una período distinto de la historia. Aunque en el marco de una situación muy similar al inicio del período al que que se había puesto fin con los acuerdos de paz, justo veinte años antes.

A ese inicio un historiador bien podría llamar `pre guerra´, se vivió inmediatamente antes de la guerra civil que enfrentó a gobierno y oligarquía por un lado; y por otro a los pobres del campo y la ciudad, dirigidos por una nueva clase política emergente. Alzaban la bandera de la revolución socialista. Esto provocó en las familias oligárquicas profunda crisis de existencia. Semejante crisis les llevó a optar por contratar escuadrones de exterminio, una mezcla clandestina de militares, policías y delincuentes, cuya misión era eliminar, seguidores, simpatizantes, amigos y familiares de los dirigentes de la lucha popular, y a los dirigentes mismos. Velorios de este tipo, en los que en lugar de llorar y rezar, se discutía y conspiraba, se sucedieron en aquel entonces por decenas de miles. El camino hacia los cementerios era trajinado constantemente por cortejos fúnebres, como si de alguna terrible peste se tratara. Las funerarias eran un atractivo negocio.

Por el camino rural que comunica Quebrada Seca con la carretera vehicular, Evelina, acompañada de su hijo se dirigía hacia la parada de buses. Detrás de ellos apareció un vehículo tipo Pick Up. Dos hombres jóvenes viajaban sobre la cama del vehículo. El vehículo se colocó a la par de madre e hijo que caminaban tomados de la mano, ralentizó la marcha y los hombres de la cama dispararon hacia ellos con fusiles de asalto, de uso privativo de la fuerza armada. Evelina, cayó al suelo, el chico se miraba ileso, aunque paralizado por un estado de chock. Los atacantes dejaron de disparar. El hombre que ocupaba el asiento de copiloto asomó la cabeza por la ventanilla dirigiéndose a los de la cama. –Qué pasa hombre!? No van a completar la tarea?!

–Misión cumplida! –respondieron los otros.

El del asiento del copiloto, salió del vehículo, arrebató el fusil a uno de los que habían disparado y acribilló al chico cuyo cuerpo cayó sobre el cadáver de la madre. –Así es como se hace cabrones! –les espetó el hombre a los de la cama. Lanzó el fusil hacia la cama, el otro lo atrapó en el aire; ocupó de nuevo el asiento copiloto. El Pick Up abandonó la escena a toda velocidad

Evelina y Onofre se transformaron en las víctimas cuatro y cinco, de los sicarios que tenían como objetivo al comité del cantón Quebrada Seca.

Sentados alrededor de los féretros, los asistentes, si alguien quería rezar lo hacía en silencio. El resto se dedicaba a barajar lógicas hipótesis acerca del móvil; y sin embargo ante la ausencia de pruebas, arriesgaban aventuradas conclusiones sobre la autoría intelectual y material del doble asesinato.

Los hombres del Pick Up

El Pick Up nunca había tenido barandales.

–No creo que haga falta cambiar la pintura! Casi todos los Pick Ups de este modelo son del mismo color. Basta con que le pongás barandales. Tampoco será necesario cambiar las placas. Las cubrimos antes de la acción –decía el hombre con cara de perro a otro pálido y esmirriado que regentaba el taller. La especialidad del taller era transformar chasís a vehículos robados.

El hombre con cara de perro y los otros tres que le acompañaban esnifaron unas rayas de cocaina antes de salir del taller en un Audi de cuatro puertas. Se dirigieron a un burdel que funcionaba bajo el rótulo, Masajes Orientales. Antes de encargar sus respectivos masajes, quisieron beber cerveza. Bebiendo cerveza sintieron la necesidad de evaluar algunas cosas. –No sé porqué la orden tiene que ser aplicada hasta a los cipotes. Los cipotes no deben nada –dijo desganadamente uno de los que habían actuado desde la cama del Pick Up.
–Es porque toda guerra debe ser tierra arrasada –dijo el que había actuado de chofer. Presumía de táctico. Había sido sargento de fila, pero la juventud no le había permitido vivir la guerra.
–A mí se me pone que es para no dejar testigos, o quizás para no dejar niños huérfanos –dijo el otro que había actuado desde la cama del vehículo.

–No sean pendejos! –dijo el hombre con cara de perro que había actuado como protector del chofer– Es porque en el tiempo que estamos viviendo, un cipote de diez años, como enemigo, puede ser más peligroso que cualquiera de nosotros! En otras palabras, el peor error que puede cometer una fuerza en avanzada, es dejar enemigos vivos en su retaguardia.

Este solía enfrascarse en discusiones tácticas con el ex sargento. Hablaba con autoridad. Decía haber pertenecido a la inteligencia policial durante la guerra; y si la abandonó no fue por demérito, sino porque los comunistas habían llegado al poder.

Lobo Pardo


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