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Jun
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DIALOGOS CON EL ALMIRANTE

PREAMBULO
La expedición geográfica más exitosa de todos los tiempos y en todos los campos de la vida humana fue la realizada hace 520 años por El Almirante Cristoforo Colombo. En su tiempo como en el transcurso de este medio milenio, algunos han pretendido desvalorizarla y hasta negarla, por motivaciones religiosas, moralistas, chauvinistas, económicas e ideológicas, con análisis y valoraciones descontextualizados del momento en que se realizó tal hazaña geográfica.
Pero tratando de apartarse de esas influencias que atan a los seres humanos racionales e irracionales al mismo tiempo, ninguna otra expedición ha podido igualar el impacto de ese proyecto de navegación que facilitó y abrió la puerta para la integración de dos mundos desconocidos el uno del otro y que se desarrollaban separados. Aunque no se puede negar, dicha integración fue traumática y dolorosa; a la postre dio resultados que ahora valoramos y apreciamos positivamente y que ha venido a consolidar lo que hoy conocemos como cultura occidental.

Aquel acontecimiento fue el inicio de una integración racial – al menos en el lado hispano- dio como resultado el mestizaje y una mayor diversidad racial. También se realizaron intercambios de especies de animales y plantas que mejoraron la alimentación y facilitaron la vida humana. En el campo político y cultural, el nuevo mundo revoluciono la vida del viejo mundo, con el establecimiento del primer estado republicano (1776) y las luchas independentistas y anticolonialistas que echaron al traste las monarquías europeas.

Ni los viajes al espacio, a la luna, o a las profundidades de los océanos han podido igualar los beneficios e impactos que trajo la hazaña iniciada por aquel marinero genovés que murió en la desgracia y despreciado a quienes sirvió y les dio tantos beneficios.
Es cierto que el ahora llamado encuentro de dos mundos tarde o temprano iba a suceder como producto del desarrollo de la navegación, la cosmografía y la geografía; pero resulta fácil decirlo después de que hubo un primer aventurero que arriesgó su vida, su tiempo y su dinero por abrir ese camino.
Hay una ingeniosa anécdota que cuenta como Colon supo responder cuando se le cuestionaba que tarde o temprano aquel encuentro iba a suceder. He aquí en breve: A su regreso triunfal después del primer viaje, a lo que él pensaba eran las indias orientales, Colon recibió muchos homenajes. Se cuenta que en un festín en el que departían con nobles y cortesanos, un impaciente e inoportuno invitado de la nobleza española le pregunto si no creía que otros hombres hubieran sido capaces de llevar a cabo tal empresa. El Almirante, sin responderle, tomo un huevo de la mesa e invito a los presentes a que trataran de mantenerlo erguido sobre uno de sus extremos. Muchos en vano intentaban hacerlo, pero todos fracasaron. Entonces el Almirante tomo el huevo y rompiéndolo por uno de sus extremos lo puso erguido sobre la palma de su mano, al tiempo que les dijo: “Muy sencillo, después de haber enseñado el camino, nada es más fácil que seguirlo”
Los diálogos que a continuación leerán son producto de una conversación que haré con El Almirante, mescladas con algunas reflexiones y preguntas, alternándolas con notas – no textuales – tomadas del libro: “Vida y Viajes de Cristóbal Colon”, escrito en 1827 por Washington Irving, considerado como el primer escritor profesional norteamericano y cuya obra fue de suma importancia para difundir una biografía real del Almirante.

PRIMER DIALOGO
Narrador: Crecí en una ciudad donde la plaza central, el palacio nacional y la catedral estaban vigilados y dominados por dos esculturas humanas: La del Almirante Cristoforo Colombo en un lado y la de la Reyna Isabel La Católica, en el otro.
La moneda nacional de mi país por la que tanto trajinamos y pocas veces acuñamos llevaba el apelativo del Almirante. Fue adoptada en 1892 justo cuando se celebraban los 400 años de tu hazaña de navegación, y todo en honor a usted, Almirante. Hasta que el primer día del año 2001 a un señor presidente se le ocurrió sacarlo de circulación, sustituyéndolo por el dólar de Mister Washington.
Al ingenuo pueblo le dijeron que la moneda en su honor iba a seguir circulando, junto con la norteamericana, pero todo fue un engaño, El mismo truco y engaño cuando tú intercambiabas regalos con los Tainos, entregándoles cuentas de vidrios, peines, espejos y bagatelas a cambio de piezas de oro. Así nos volvieron engañar.

El Colon desapareció y ahora ya no lo vemos en nuestros bolsillos, y ya no está más en nuestro vocabulario. Pero no solo lo sacaron de circulación, lo más triste fue que la vida se encareció para las economías de los que viven en la pobreza. Hoy se nos pagan dólares por nuestros servicios, mano de obra y por todo lo que vendemos y compramos, pero vivimos como en los tiempos del Colon, siempre en carestía.
Recuerdo que desde mi infancia pasaba frente aquellas esculturas humanas y me impresionaba verlas allí, al pie de la entrada principal del palacio, donde a menudo trajinaba para ganarme la vida como niño trabajador. Con los años, aquellas esculturas fueron testigos de revueltas y manifestaciones, algunas de ellas terminaron en masacres que se realizaron al pie de las escalinatas del palacio y los cadáveres con sus charcos de sangre y los viejos zapatos desprendidos de vivos y muertos, quedaban esparcidos en la plaza central, al frente de ambas esculturas. Y tu – Almirante – permanecías allí, fijo en tu pedestal, como testigo aprobando el cruel destino del pueblo.

Cuando comencé a ver que enfrente de tus barbas pasaban todas estas atrocidades, te fui tomando repulsión, te creí cómplice de todas las injusticias que pasaban en mi país, te fui ubicando como un símbolo del injusto poder, comencé a irrespetarte, sin reparar que tú también habías sido una víctima del poder de tu tiempo y que solo eras una figura para buscar una identidad nacional que está costando encontrar.
Almirante: No me extraña y no te culpo por tus prejuicios. La mayor parte de los habitantes del Nuevo Mundo, la mal llamada América, desconocieron y desconocen lo que en realidad paso con mi vida. Las mentadas Glorias de Colon fueron glorias que se inventaron y levantaron 300 años después de mi muerte, tratando de reparar el mal trato y los daños que me causaron en vida, y no solo a mí, también a mí descendencia.
Debieras recordar que al final del tercer viaje, me llevaron preso y encadenado a España. En lugar de vítores y halagos, recibía el desprecio y los insultos del populacho y la nobleza, por cuanto lugar transitaba antes de presentarme ante los reyes. Cuando por fin estuve ante la corte y después recibir la comprensión de la Reyna Isabel, llore y jure guardar hasta en mi féretro las manillas y los grilletes con que me ataron, para recordarme de las serviles, bajas y rencorosas pasiones humanas.

Así me pago el poder en aquellos años, después de haberles servido en bandeja de oro y plata un continente que saquearon y del cual crearon un imperio. Pero desgraciadamente mi vida terminó sin que yo supiera que aquellas tierras no eran las Indias Orientales, sino un Nuevo Mundo, al cual mal llamaron América pero que en realidad debió llamarse Colombina o Cristophora, en fin, cualquier otro nombre alusivo al mérito que a mí me fue negado.
Para terminar este primer dialogo quiero dejarte una lección. Te dije que las mentadas Glorias de Colon fue un invento para reparar el daño que me hicieron en vida, porque fue imposible ocultar mi mérito. Había demasiadas evidencias para impedirlo.
Todo comenzó al final del Siglo XVIII, entre diciembre de 1795 y enero de 1796, cuando de Santo Domingo, mi recordada Española, exhumaron mis restos, lo que de mi quedaba en aquella tumba, trasladándome a La Habana.

Con toda pompa y platillo y cañonazos de buques se realizaron homenajes en ambas ciudades y con la presencia de altas autoridades, civiles, militares y religiosas, olvidándose que de aquella misma ciudad de Santo Domingo 300 años antes me habían embarcado y sacado encadenado, seguido de los gritos y escarnios de la plebe. Aquellos honores que me rindieron ya no importaban, no recompensaban, ni reconfortaban mi corazón ya vuelto polvo y ceniza.
Pero aquellos homenajes pueden servir como un reconocimiento tardío, como una elocuencia consoladora a todos los hombres ilustres, justos, sinceros y honrados, a los de buena voluntad, que en tu Siglo XXI son perseguidos y calumniados, y puedan tomar ánimo y valor ante las injurias que puedan recibir y tengan la certeza de que el verdadero merito sobrevive a la calumnia y recibe el glorioso premio y la admiración de las futuras generaciones, aunque esto suceda tardíamente como en mi caso.

Tú, (Narrador) ya lo estás experimentando y para muestra un botón con lo que sucedió el pasado 23 de mayo de 2015, cuando después de 35 años fue reconocido como Beato el obispo mártir Oscar Arnulfo Romero, merito que por más tres décadas le fue negado por la jerarquía de la Iglesia Católica, en alianza con el poder económico y político. Yo también fui propuesto para beatificación, pero no fui para tanto, y me alegro que no haya prosperado tal propuesta. Fui nada más un mundano que por equivocación y algunos errores de cálculo tuvo el valor y decisión de encontrar el Nuevo Mundo y brindo un servicio a la humanidad.

Beto Sánchez
Orlando, 19 de junio de 2015


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