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Aug
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Misoginia II

Con ciertos trucos de ventrolocución, inventados por ella misma, Anna Goldin aprendió a distorcionar el tono de su voz, porque descubrió que el auténtico timbre que salía de su garganta causaba un efecto narcotizante en quienes conversaban con ella, y les predisponía a cierta dependencia, de modo que de la primera vez que le escuchaban en adelante, con los pretextos más futiles, las gentes circunscritas a su simpatía, fuesen mujeres, hombres o niños, buscaban intercambiar palabras con ella, por el sólo hecho de percibir la vibración de sus cuerdas vocales.
Del mismo modo evitaba a toda costa el contacto visual con sus interlocutores. Sus ojos eran grandes, muy grandes, y brillantes. Cuando se concentraban en un objeto, sin perder su serena belleza, parecían salir de sus cuencas. Se dilataban y contraían sus pupilas, como las de una gata en cacería. En el transcurso del día ambos iris experimentaban absolutamente todas las tonalidades y mezclas del azul, según el ángulo en que recibían la luz.

El contacto visual de Anna Goldin más bien causaba en sus interlocutores un efecto hipnótico. En ésto, a su entera voluntad jugaba el papel de madre, cariñosa o autoritaria; y quien o quienes interactuaban con ella, se predisponían al papel de chiquillos obedientes, caprichosos, o bien, sumisos, según Anna insinuara. Era un juego que en lo posible, evadía, y por eso rehusaba mirar directamente los ojos de quienes con ella conversaban.

Las palmas de sus manos, poseían don sedativo y curativo; pero muy pocos sabían de ello, porque a la misma Anna Goldin asustaban sus particularidades; le llenaban de temor y humildad, no le interesaba dinfundirlas. Poseía también el don del convencimiento; los pocos que conocían sus dotes, guardaban con ella, el secreto.
Y los pocos hombres y mujeres que tuvieron alguna vez el privilegio de poseer su cuerpo, besarle la boca, o simplemente, atestiguar alguna vez su desnudez, jamás volvieron a recuperar el equilibrio emocional, para siempre.

Dio un hijo ilegítimo al rico comerciante Jakov Rhodumer, estando al servicio de su casa. Este fue arrastrado por la ruina cuando Anna Goldin dejó ese empleo, para pasar a servir, mejor remunerada, en casa del jurista Karl Zwicky, a quien dio dos hijos asimismo ilegítimos. Zwicky cayó en la locura cuando la Goldin dejó su casa para pasar a servir en la del médico Johann Tschudy, padre de cinco niñas, quien la sedujo con la promesa de una mejor paga.

Era el tiempo en que la nigromancia, la presdigitación y la medicina, significaban para no pocos médicos, ramas de una misma raiz, por lo que Johann Tschudy, en potencia, era capaz de hacer aparecer y desaparecer objetos a voluntad, de y en los lugares más insólitos. De el oído de un niño, podía, por ejemplo, si alguna vez hubiese querido, extraer un huevo de gallina, una moneda de papel, o de metal; o cualquier otra cosa…

De las prácticas nigrománticas y presdigitadoras de Johann Tschudy, sin embargo, sus pacientes, sus hijas, ni su misma esposa, eran sabedores. Tal circunstancia se deduce de el hecho que el Tagsatzung (parlamento de confesión reformista), del Orte (la ciudad), con el objeto de separar la superchería de la medicina, y redimir esta ciencia a favor de la Reforma, castigaba tales prácticas con la hoguera.

De las cinco hijas del médico, la sirvienta cobró un mayor afecto por las menores, Anne Miggeli y Susanna, (ocho y siete años, respectivamente). Se tornó inevitable que manifestaran esas chicas más lealtad y fervor a la nodriza que a su propia madre.

A Johann Tschudy comenzaron a posesionar extraños espíritus, desde que Anna Goldin se mostró invulnerable a los conjuros nigrománticos que él lanzaba hacia ella desde cualquier rincón de la casa, incluso penetrando, amparado por las sombras de la noche, a la alcoba de la sirvienta. Pasaba horas de pie, contemplando la oscura silueta de ella sobre la cama, como paralizado. Una poderosa e invisible fuerza le impedía asaltarla.

Según la nigromancia negra, la muerte no es castigo, si sucede en ausencia de sufrimiento; el castigo está en la agonía prolongada y dolorosa.

Cuando Anna Goldin, exenta de todo atractivo sentimental hacia su patrón y atemorizada por tal extraño comportamiento, hizo saber a éste que dejaría el servicio de su casa para pasar a servir a Klavsen Eschen, igualmente médico y más joven que él; fue entonces que de Johann Tschudy hizo presa, también, el tenebroso espíritu de la misoginia.

Lobo Pardo


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