18
Sep
15

Los quinientos años del ”Coyote Cojo”

Del tronco Coyoteca desprendido de la corriente Chichimeca, una rama vino a culminar con la fundación de Aculhua donde reinó Netzahualcoytl.

Otra rama se extendió a lo largo de la costa del Pacífico, confundida entre las huestes de Topiltzín Atzítl, luego que los seguidores de Quetzalcóatl fuesen expulsados de la Ciudad de las Garzas y los Tulipanes por los acólitos de Hutzilopochtli, el Colibrí Zurdo.

Indetenibles sucedieron, los siglos y los hechos.

Llegó la época llamada por la doctrina vencedora, ”tercer milenio”.

Coyote Tuerto, Coyote Manco y Coyote Cojo, se acurrucaban a la escasa sombra de un jucumico que los protegía del sol.

Disponíase el sínodo de brujos a celebrar el rito tradicional, imperiódico pero habitual, de someter las mutilaciones que les legó la última guerra a una sarta de conjuros, análisis, preguntas e imprecaciones, preñadas del vaho etílico nicotínico, que produce cierto efecto analgésico, moralizador y premonitorio, capaz de escudriñar el aciago porvenir.

En otro montículo cercano, situado enfrente de ellos,  laboran afanosamente un grupo de jóvenes arqueólogos extrañamente de cabezas negras y aspecto aindiado. Han descubierto que bajo la capa superficial yace una pirámide truncada y se esfuerzan por redescubrirla.

Siguiendo la estela de un recóndito instinto, parte integrante de su personalidad ávida de independencia, escupió Coyote Tuerto la magalla que mascaba, tomó la botella de chaparro que colgaba de una rama baja del árbol, le retiró el tapón de olote conque estaba tapada, lanzó otro escupitajo lo más largo que pudo y con la vista puesta en lo que sucedía en la colina cercana dijo en voz alta: –Por lo menos ahora, la raiz de nuestra historia será desenterrada por arqueólogos autóctonos!

–Sí pero no te olvidés que la tecnología la ponen los gringos…! –refutó con despecho Coyote Manco, mientras encendía su puro de hojas de tabaco.

–Ojalá excavaran con el mismo denuedo en La Cayetana y El Mozote! –repitió con aire sombrío Coyote Tuerto y se mojó el paladar con el destilado de chicha de maíz, inclinando suavemente la botella sobre sus labios.

Coyote Cojo les escuchaba en silencio mientras desdoblaba con emoción contenida un papel que andaba llevando en la bolsa de la camisa y cuando hubo silencio dijo: –Escuchen la carta que escribí a los quinientos años! –y leyó:

Ilustrísimos estructuradores,

interpretes y guías

de la cosmogonía

que una vez fue

y no pierde las esperanzas de volver a ser

el más poderoso imperio

en cuyas posesiones jamás ocultábase el sol.

Honrados pontificados,

representantes del Supremo Hacedor,

padre de la Pachamama,

vencedores de infieles, abanderados de la fe,

azote de la heregía…

Hoy que celebrais con vastas algarabías,

quinientos años que el arrojo de

el que reclamaba el derecho

de calzar espuelas de oro,

y los audaces que le subsiguieron,

sujetó a vuestra soberanía

ilimitadas tierras con su gente,

hijos del cobre y el jaguar

”por la santa voluntad de la divina providencia”:

Propicio es hablar con el corazón abierto

como las corolas abrían sus pétalos al sol,

francamente,

en la hoy sepultada Cuscatlán,

para hablar lo justo

y daros las merecidas gracias

como os debemos desde hace quinientos años,

cuando vuestra espada sempiterna

liberonos de pagana barbarie que es

la comunión con la naturaleza,

para arrojarnos a la excelsa

oscuridad

que hasta hoy nos alumbra

y se promete inextinguible.

Yo, heredero Coyote

de aquella progenie cerril

por vos redimida;

ante tu augusta presencia os digo:

Gracias por las nuevas cosas que trajiste:

la rueda industrial, el caballo, la pólvora,

la imprenta, el papel, el acero,

el arado, los bueyes…,

porque esas cosas sólo las teníamos sospechadas

en las aulas del Calmecac

mediante la discusión teosófica

con el apoyo de los viejos más viejos

de los Nahuas

Gracias porque trajiste contigo

el recuerdo de Quetzalcoatl,

mensajero

de un futuro de fraternidad

entre los hombres

Por someternos

a tus leyes impredecibles,

a tu economía indescifrable,

agradecemos, porque así conocimos

cóleras más terribles

que el insaciable devorador

de corazones humanos.

Por despreciar el honor de la guerra,

gracias,

porque pudimos ver allí

la parte carcomida de tu espíritu;

la esencia mercantil de tu política.

Gracias por las viruelas, la tuberculosis

y la explosión de enfermedades irreconocibles

porque conocimos tu arma de exterminio en masa.

Gracias por tus matemáticas

aunque ignorabas el concepto

de la cifra cero.

Por tu cosmografía, gracias

aunque la tierra,

plana,

la situabas en el centro,

sostenida por cuatro elefantes,

y los elefantes

nunca explicaste sobre qué.

Gracias por la teología de vuestros monjes

porque supimos que existe un dios

que ignora la armonía espiritual

entre el hombre y la madre tierra.

A tu desmedida hambre de oro

agradecemos, porque conocimos

los abismos a que  empuja

a los hombres

la codicia de otros hombres.

Por escupirnos, por castrarnos,

por esclavizarnos, gracias,

porque nos obliga

tal cosa,

a la constante lucha

por la vigencia

de la dignidad humana.

A que violaste mis hermanas

agradecemos

porque

mostraste no ser dios

en tu cópula inicua.

Por marcarnos con fierros candentes

como a bestias,

gracias,

porque lo sufrimos

con la conciencia

de que somos hombres.

Gracias

a que después que atesoraste

las más grandes riquezas

que nación alguna robara a otras,

te convertiste

en la pordiosera de la comunidad de naciones.

Tal cosa nos recuerda que

”riqueza mal habida, es mal aprovechada”.

Gracias a que sobre los despojos

que dejaste tras de tí

vino a posarse el águila del norte.

Fue así que entendimos

que el destino del hombre libre

es de rebelión

contra todo imperio.

Y a que te empecinaste a celebrar

con grandes fastos

quinientos años de lo pasado,

damos gracias,

porque te muestras

aún en la menopausia,

ávida de fiestas y orgías.

Gracias

porque de esta larga noche

en que nos sumiste

alzaremos un sol que brillará su propia luz

y para siempre.

Igualmente gracias

a las castas de hombres que intentaste

entre nosotros:

blancos peninsulares, criollos,

mestizos, negros, indios, mulatos,

sambos, lobos, coyotes, salto atrás…

porque así confirmamos

que todos somos hermanos

hijos de un sólo vientre

oceánico y biológico

A la corrupción administrativa

que nos heredaste damos gracias,

porque hemos visto más claramente

la senda

trazada por José Martí,

hacia donde “América y el hombre dignos sean”

Coyote Cojo terminó de leer y no pudo disimular una mirada urgida de aprobación hacia sus interlocutores.

–Opino que es un lenguaje por demás ambiguo; carente de estética! –expresó Coyote Manco después de un largo chupete a su tabaco.

–Digo  igual –acotó Coyote Tuerto–, pero también respeto la libertad de expresión; mi opinión no absoluta! –agregó mientras preparaba otra magalla de tabaco.

–Decís bien! –repitió Coyote Manco.

Sobrevino un silencio prolongado, porque nada dijo Coyote Cojo.

Lobo Pardo


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