29
Nov
15

El brinco

”… y descubrí que el hambre no incita a la rebelión; sino a la sumisión…”

(Luiz Inácio Lula Da Silva)

 

 ”Cada juan y cada juana, y creo que hasta cada bichito cerote tiene lo que yo tengo en la cabeza… Yo tengo eso que puedo decir a alguien una cosa, convencerlo de una cosa, de que hago caso de lo que me ordena, que me pongo mansito, cuando en realidad lo que quiero es hacer otra cosa bien distinta; lo contrario de lo que antes dije que voy a ser.

Puede ser que el otro piensa que estoy agüevado cuando talvez en ese momento estoy saltando con el balde en la manopla para tajearle el corazón o un ojo o la mitad de la cara, o partirle la barriga para que eche las tripas para afuera.

Yo por ejemplo, les digo que sí, cuando los bróderes dicen que ”la pega” es cosa de bichos, que es mejor el crac, y que el crac es mejor que todo, que la coca, que la grifa, que los chutes…porque, fijate, yó que ya tengo los veinte abriles, y a mí ”la pega” me quita todos los agüites del mundo, incluso el agüite de los chutes, de la coca, aunque yo nunca me chuteo ni jalo la blanca; eso sólo los jefes o los chulis, los boludos, los que te azotan la papa.

Le jalo al crac sólo para que digan, pero yo siempre ando con mi bote, bien tapadito para que no se endure. Incluso, fijate, si me da el bajón del crac, entonces agarro mi botecito, lo destapo, me lo pego a la nariz y, ”adiós agüite…”… Cómo la ves diáy…?… Cómo la ves diáy…? Que cóomo laa vees diáy…?……Ajá vamos a ver dijo un ciego…! …. Un ciego que no quería ver…! Uun cieego quee noo queriia ver…!”

No hablaba con nadie ”Cuchillo Trujillo”, hacía dos semanas que no comía un tiempo de comida formal. Hace mucho dejó de importarle eso. Comía cualquier cosa cuando se presentaba  la ocasión. Estaba ebrio de vapores de pegamento y ese era el efecto que más le gustaba: hablaba en voz alta consigo mismo. Era como hablar con un amigo de confianza incapaz de traicionarle, aunque no imposible.  –Está claro, que uno mismo se puede traicionar a causa de un descuido, o de cualquier pendejada…!

A pesar de la ebriedad estaba nervioso, es que por la noche a las propias doce en punto iba a ser brincada la Petiza Luisa, pero la ceremonia empezaría a las diez, o las once, cuando llegaran todos… -Ya se sabe que  cuando hay alguien que va a ser brincado, todos deben estar a la hora dicha porque con el `Sapo Bufo´ no se juega. Ay mamá…, no se juegaaaa…! Qué va ser..!… ¡No se juega!… Ese broder es directo y cosa seria…Ay mamá…, cosa seria…!… La Luisa petiza…, la Luisa petiza…,  ¡Ay la Luisa Petiza!… Bueno, pero cuando brinque la Luisa se va a quedar conmigo, después sólo a mí me lo va dar…., sólo yó seré el que coma de ese pancito…, uno al acostarme, y el otro en la mañanita, antes del güacalito de chuco… de maiz negrito con unas cucharaditas de frijolitos rojos… A ver, ¿cuántos abriles tiene la Luisa…? Tiene las chichitas todavía como mandarinas! Que te valgan verga los abriles, lo importante es que ya te dio palabra, y el Sapo lo sabe…¿Ves o no vés?… Decía mi tío Andrés!…. la Luisa Petiza…, la Luisa Petiza… Ay la Luisa… ¡Luisita, mi chonchito!…Ay ay ay…!!

Poco antes de las once de la noche estaba completa la clica en el dormitorio (casa destroyer) que tenían

Hace tiempo, la casa de tres habitaciones fue requisada por ellos a sus legítimos propietarios, a quienes, luego de asesinar al cabeza de familia, habían expulsado de ahí, a causa de que “les caían mal”.

Los únicos muebles eran colchones hediondos esparcidos por el piso. Habían grafitis en toda superficie donde pudieran ser posibles. Extraños, iconos terribles, imágines fantasmagóricas, polícromas líneas trazadas talvez por un ejército de artistas esquizofrénicos.

Tenían las ventanas cerradas a modo que no se pudiera ver hacia adentro, les alumbraba un círculo de velas encendidas alrededor de lo que podría ser la sala de estar. Habían colocado  las velas, con intención ritual, pero además por la necesidad de alumbrar tenuemente el ambiente. No consumian ningún tipo de alimentos, sólo drogas, Variedad de tipo y calidades. Para el o la que va brincar: una pócima de florifundia va muy bien en la carestía, o una piedra de crac si es que hay abundancia. La mariguana ha pasado a ser cosa de hermanitos menores, o de chigüines hijitos de su papito.

El Sapo Bufo era el único que comía. Pupusas. Mientras comía mantenía al resto suficientemente alejados con miradas fulminantes. Saciado se sentó sobre un ladrillo haciendo círculo con el resto de `la clica´, que se sentaba sobre los colchones del piso. Sin que nadie se atreviera a interrumpirle, esnifó frente a todos una raya de cocaina sobre un pequeño espejo que andaba llevando en la bolsa de la camisa; contuvo la respiración un momento, al cabo de lo cual lanzó al aire un sonoro eructo.

Para la negra Rosa eso fue una señal. Se puso en pié ágilmente; se dirigió directamente a la Luisa Petiza  y le dijo con tono severo: –¡Levantáte de allí puta pendeja mal parida!

Ya estaba enterada la Luisa, por rumores, que nunca hay un brinco que se parezca a otro. No existía un formato a seguir, cada brinco depende del estado de humor y de la fantasía en ese momento del jefe de clica, y el único recurso del que va a brincar es obedecer todo lo que se le ordena y mostrar la mayor sumisión posible, tal como hacen los perros callejeros para ser admitidos en una jauría. Lo contrario suele ser muy peligroso. Puede significar la primera muestra de traición; la traición se castiga con la muerte de cualquier forma, mas no exenta de crueldad.

Demasiado lentamente se levantaba la Luisa de donde estaba, tal  que la negra Rosa, teatralmente la tomó del pelo para ayudarla. La mangoneó de tal modo, que sin soltarla del pelo recorrió con ella el círculo que hacía la clica, como mostrándola a cada uno. Todos seguían atentamente lo actuado, con atención propia de acólitos de una ceremonia mística. La contraminó de cara a una pared y la colocó, sostenida sobre la frente, con las manos hacia atrás, en la posición que la policía coloca a un sospechoso, con las piernas abiertas. Vestía unos pantalones apretados la Luisa. La Rosa comenzó a cachearla como lo haría un gendarme. Le vaciaba los bolsillos mientras le decía: -Vamos a ver qué putas andás llevando en las bolsas. No hay nada mejor para conocer a alguien, que examinar las cosas que anda llevando encima!-.

Le desabotonó la camisa, le desabrochó el sostén y se lo bajó hasta la cintura; le desabrochó el pantalón y le manoseó desde el pecho hasta abajo de la pelvis,  las nalgas; según, para asegurarse que no anduviera llevando nada aparte de la vestimenta. Le apretaba suavemente los pezones con evidente sarcasmo.

A pesar de la penumbra y que la Luisa estaba cara a la pared, sintieron  todos un impulso libidinoso cuando saltaron sus pechos turgentes fuera de la ropa. El Sapo Bufo se arrellenó emocionado sobre el ladrillo en que estaba sentado. Un rumor recorrió el ambiente. Le amarró las manos la Rosa a la Luisa con un cordón y luego la lanzó hacia el suelo. Cayó la Petiza al centro de la estancia con las manos amarradas hacia atrás y dejó escapar un gemido.

-Ajá puta cabrona conque querés protestar nó…? –dijo la Rosa y le propinó una patada en el vientre a lo que la Luisa dejó escapar un gemido más sonoro, entonces la Negra dirigiéndose al sapo bufo dijo: -Seguro que esta pendeja no va aguantar el ácido vos!

Como toda respuesta el jefe de la clica echó mano al pañuelo que andaba llevando en la bolsa trasera del pantalón, lo tendió hacia la Rosa. Esta tomó el pañuelo y se dirigió a la que yacía en el suelo, la obligó a abrir la boca apretándole la garganta, y se lo introdujo hecho un puño, mientras le decía trabajosamente: -No me vayas a morder hijelagranputa, porque entonces si que te vas a arrepentir hasta de la hora en que te cagaron al mundo! A la Luisa le resbalaron lágrimas de asco sobre las mejías; la Rosa sudaba, se puso de pié y dijo: -Esta puta no va aguantar, yá comenzó a pedir cacao la muy culera! Se secó el sudor y volvió a arremeter.

Pero aunque aquello era apenas el comienzo de un ritual que podría durar una hora o toda la noche, dependiendo de el humor y la fantasía del Sapo Bufo, la Luisa, aguantó. Todos los integrantes de la clica habrían de repetir después de la negra Rosa, lo actuado por ella, con mayor o menor énfasis en determinados asuntos del ceremonial. la Luisa Petiza había pasado todas las pruebas, incluso la prueba anal y vaginal para que la clica pudiera una vez más ensayar insitu lo referente al  escamoteo de un objeto en las partes íntimas, y a la vez el cacheo correspondiente. Había que aguantar todo lo que viniera, ya lo sabía, y a ello había estado dispuesta. Finalmente intervino el tatuador auxiliado por la clica que le arrimaba velas encendidas para alumbrar su labor. Tatuó en un glúteo de la Luisa un símbolo erótico, y en la cara interna de su muñeca izquierda, las iniciales de `la mara´.

El Sapo Bufo era el único que analizaba aunque sin poder descifrar la relación que existe entre la fidelidad al grupo por la vía del quiebre de la voluntad mediante el susto, el maltrato, la sumisión y la vejación sexual. Conocía esa relación desde sus años infantiles en la escuela; más tarde la volvió a reconocer y practicar en el regimiento donde cumplió servicio militar, después en las bartolinas de la policía, luego en el penal, ahora en la clica y siempre le había intrigado su eficacia.

-Sólo el que conoce este secreto es capaz de jefear una clica. Y este es el único camino para todo aquél que quiere, debe y va a ser brincado desde donde están los juanes y las juanas, hasta donde estamos nosotros, las clicas de la mara.

Hubo un momento que al Sapo Bufo invadió el tedio. Dijo:

–¡Bueno mara! ¡La Petiza está brincada! –fue señal para que terminara esa suerte de tortura humillante y se echaran todos a dormir.

Amaneció.

La Luisa no estaba ni tan enamorada del Cuchillo Trujillo. No había buscado la clica por el amor de éste que, primero la había consolado después del ceremonial y luego había yacido con ella. Luisa la Petiza había buscado ser brincada por la clica simplemente porque ya era tiempo de hacer una vida independiente de su familia y no tenía otro lugar en donde pudiera garantizarse al menos comida y ropa.

Antes de irse, el Sapo Bufo tiró un paquete y unos dólares al regazo de cuchillo Trujillo, diciendo:  –Bueno…! Aquí está ésto para el agüite (el tedio)…!

Toda la clica se lanzó alegremente sobre el Trujillo. Este madó a comprar pan francés y atol de shuco para el desayuno de todos.

La Negra se retiraba del lugar con el Bufo, pero antes depositó una mudada aparentemente nueva de ropa sobre la Luisa Petiza que yacía junto al Cuchillo Trujillo. Se sentó brevemente a la par de ella, y le dijo, muy melosamente mientras le agarraba un pezón entre el pulgar y el índice: -Ya estás brincada cabroncita, así que no vayas a andar con ondas; hoy ya no te podés safar de la mara, por muy lindo que movás ese culito que tenés…! ¿Me entendés?

La Luisa Petiza tenía trece años y ya se consentía conocedora de todos los posibles secretos que pudieran haber en la existencia humana, pero no dijo nada. Presentía que había brincado a una dimensión insospechada que le robaba la voluntad, sin duda y para siempre.

 

 

 

Acotación al margen:

… Cuando el marero aparece amenazante, con `el balde´ (el cuchillo), o con el `cuete¨ (la pistola) en la mano,  en la penumbra de las sombras; en la soledad del despoblado, o sin que nadie note nada, enmedio de la multitud en una hora punta; invariablemente su víctima dá un brinco. Evidencia que la voluntad se derrumba de repente,  ante la sorpresa. De ahí que todo acto en que la coacción del marero quiebra la voluntad de su víctima, es para la noción del primero: `el brinco´.

Lobo Pardo

 


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