20
Dec
15

La tregua

I

Llamó a capítulo, en ambas naciones, el poder detrás del trono a la cúpula política cuando se supo lo acontecido; esta hizo lo propio con el alto mando militar.

“¡Se ha puesto en serio peligro la seguridad nacional!”, fueron reprendidos.

“¡Los inductores deben ser sometidos a consejo de guerra!”, fueron advertidos.

En el “Correo de combate” órgano propagandístico destinado a suboficiales y rasos de todos los frentes, apareció un extenso y furibundo artículo condenatorio. “¡Semejantes hechos no deberían pasar jamás en tiempos de guerra! ! ¿No tienen nuestros soldados sentido del honor? ¡Unicamente el juicio sumario podrá borrar esta vegüenza!” concluía el texto. Firmaba un tal sargento Gustavo Adolfo Hitler.

 

II

A las cuatro horas de la madrugada, tiritando de frío abandonaba un grupo de fantasmas las trincheras convertidas en ciénagas heladas. Tercer escalón defensivo, sector Nonne Bosschen, frente occidental. El movimiento estaba siendo ejecutado por  tres compañías de las tropas del kaiser Guillermo II.

Aparejaron esos fantasmas una extensa columna de trineos a caballos de tiro. Tomaron rumbo sur, a un punto secretamente convenido de la carretera tendida a lo largo de la retaguardia. Llevaban la misión de receptar del convoy abastecedor del regimiento logístico, vituallas correspondientes a una semana. De acuerdo a la fecha que corría, se daba por sentado que sería un avituallamiento fuera de lo ordinario; por esto, una vez hecho el contacto con el convoy, dirigió el sargento Aachen sin vacilar su pelotón a descargar del camión que llevaba un cargamento de cuartos de cordero, gansos aliñados, salchichones, coles y patatas.

–¡Nein! ¡Nein! ¡Nein! –gritó a los soldados el coronel al mando de la operación. Los hombres de Aachen quedaron como petrificados. Con la fusta que esgrimía en la mano, señaló el oficial los camiones a que deberían dirigirse. Era un cargamento de longanizas y carnes en conserva, pan y trigo triturado con el que se elabora una suerte de atol o puré.

El sargento Oster, quien había conducido a los suyos al camión cargado con toneles de cerveza de Bavaria y licores aromáticos de la Baja Sajonia, fue remitido del mismo modo a los camiones que transportaban toneles sin etiquetar, de una cerveza de baja graduación, fermentada apresuradamente.

Con pocos minutos de diferencia, se vivió una escena similar sobre la línea de abastecimiento de las fuerzas británicas. Los soldados a cargo de la receptación vieron pasar hacia el alto mando, pavos, jamones, aliños indúes, el whisky escocés, el té ceilandés…, teniéndose ellos que conformar con pollos esqueléticos, sardinas en conserva, mucho pan, cerveza barata y un té irreconocible.

Era el tiempo de un ambiente impregnado por la influencia de cierto judeo alemán de barba hirsuta, que antes de morir en la extrema pobreza, incitaba hombres y mujeres a que los fundamentos de la humanidad no era raza pura alguna, sino sucesivos mestizajes de pueblos y culturas; a que si la sociedad humana estaba dividida, esta división obedecía, no al pigmento de la piel, sino a la ubicación de hombres y mujeres en diferentes estratos de un orden social en el que los detentores del poder político y económico, se revelan como predadores lobos en perjuicio de sus propios hermanos.

Del lado alemán se presentó el sargento Junker al jefe en funciones del sector Nonne Bosschen, a dar parte de la misión a su unidad encomendada.

Era un jefe subrrogante y de mucho menor rango que de ordinario. El titular había sido convocado junto al staf de sus oficiales. al mando supremo operativo, a una jornada de trabajo de dos a tres días.

En posición de firmes y con el borde de la palma de la mano derecha apenas rozando el casco dijo: –Doy parte mi sargento mayor, que una de las andanandas de la artillería enemiga disparadas antes del amanecer, cayó de lleno sobre unas casas del vecindario suroeste. Posteriormente se desató un violento incendio, No hubo sobrevivientes.

El suboficial ordenó descanso. Ya en esa posición agregó Junker:

–Buscamos entre los escombros algo de valor y lo único que encontramos fue ésto.

Mostró un gramófono y un paquete de discos rubricados en alemán, que habían resultado intactos.

El subrrogante los examinó detenidamente, luego de cual se le ocurrió un ataque psicológico al enemigo.

Simultáneamente a la idea le invadió un doble sentimiento. Era una mezcla de gratitud y odio hacia Emil Berliner, otro judeo alemán.

“Si el inventor del gramófono, del transmisor telefónico de radio y el altoparlante, le hubiese sido fiel a la Alemania guillermina”, razonó, “la guerra hubiese sido un picnic para nuestras tropas. Fuese Berlín capital de una Europa unificada bajo la hegemonía de la raza aria.

Pero el muy traidor desertó hacia América, poniendo en manos de los estadounidenses todos sus inventos. Si únicamente el transmisor telefónico de radio se hubiese restringido al uso exclusivo de las tropas alemanas, las fuerzas aliadas hubiesen caído como fichas de dominó”.

Con ayuda de este otro judeo alemán, habían los aliados incluso mejorado las funciones del transmisor original, superando las aplicaciones del modelo en manos alemanas.

Del lado inglés se aproximaba hacia la inmediata retaguardia del sector, un convoy de trineos con un cargamento de maderos rescatados de las viviendas destruidas por los bombardeos. Servirían como leña para cocinar y procurar alguna calefacción en las trincheras. El último soldado de la columna iba dando patadas a un balón de fútbol encontrado entre los escombros.

El lapso transcurrido entre el almuerzo y la hora de la cena fue decisivo. Los ingleses lograron interceptar la frecuencia que estaban utilizando las unidades alemanes para comunicarse entre ellas. Obviaban el lenguaje cifrado. Hablaban con desparpajo. Parecían adeptos del judeo alemán de barba hirsuta.

–¿Porqué deben comer y beber con magnificencia los altos jefes, mientras que los soldados lo hacemos miserablemente?

–¿Es justo que las delicias vayan hacia el alto mando, mientras se nos relega a nosotros a longanizas en conserva, y a la cerveza mala?

–¿Es que no somos hermanos?

–¿Es que no somos hijos del mismo Dios, como explicaba Martín Luthero?

–¿Es que no somos la misma raza aria que dice nuestro kaiser Guillermo II?…

El telefonista Lewis, mandó a su asistente al mando inmediato con el informe sobre lo que había escuchado del lado alemán. El jefe inglés, suboficial, también subrrogante por la misma razón que el alemán se dio por enterado. “Están despotricando contra el mando supremo”, concluía el informe.

–Ve y dile a Lewis que se mantenga a la escucha; por el momento no tengo nada que comentar. Lo mismo deberíamos hacer nosotros. ¿No te parece?

El asistente se cuadró, pidió permiso para retirarse y se dirigió a dar respuesta verbal al telefonista. Lo hizo en posición de firmes y con venia militar. Ya a discreción, dijo a su jefe inmediato: –¿No te parece Lewis que todo fuese muy distinto si en lugar de guerrear se definiesen las desavenencias entre los países, con partidos de fútbol?

–Sería lo ideal, pues en comparación a nosotros combatientes, sufre aún más estragos la población civil que nada tiene que ver con esas desaveniencias. Para nosotros, rasos, la guerra es un absurdo sin sentido; para el alto mando sin embargo, es éste su oficio y para los grandes capitalistas su negocio redondo!

–Deberíamos retar a los alemanes a un partido de fútbol!.

–¿Y con qué balón?

–¡Espera a ver!

Fue en busca del balón que había encontrado entre las ruinas y lo mostró con euforia contenida.

Lewis sonrió. –Olvídalo! Para nosotros soldados es una idea divertida, pero imposible para el alto mando!

–Hombre lewis ¿has olvidado que hasta tres días estaremos frente a frente únicamente soldados; que la oficialidad está congregda en los repectivos altos mandos? Además, nosotros ingleses llevaríamos ventaja puesto que somos los inventores del fútbol. ¿No te parece?

Lewis volvió a sonreir. Le divertía la idea de dar una lección deportiva al enemigo.

Fuchz, el radista alemán, que de mucho antes captaba la señal de los ingleses, mandó a su asistente, informara al jefe del sector que los ingleses se agenciaban el invento del fútbol y estaban seguros de que un match contra ellos, súbditos del kaiser, sería para los británicos un paseo de campo.

–¡Imbéciles! Aunque fuesen ellos los inventores, no quiere decir que sean los más hábiles!

La prolongada y dura batalla de Ypres había dejado exaustas ambas partes en contienda.

En ambos lados escaseaban vituallas, materiales, medicinas; sobre todo pertrechos bélicos. El armamento, deficitario en municiones, de las partes enfrentadas, estaba en su mayor parte inutilizado por el sobreuso. Si los altos mandos hubiesen ordenado ofensiva en ese momento, seguramente se hubiese dado en forma de carga a la bayoneta.

Cayó la tarde, los vigías y escuchas de ambos lados no observaron en la contraparte, preparativo alguno de ataque. En grandes calderos se repartió entonces, la cena entre las unidades.

Poco antes de la media noche cedió el jefe alemán a la tentación de su pensado ataque psicológico. Conectó el dispositivo altoparlante a la batería voltaica; colocó el micrófono frente al emisor de sonido del gramófono y echó a andar el disco rubricado “Stille nacht”.

Era una melodía desconocida para los ingleses, pero más de alguno lloró de emoción al escucharla. Éstos no contaban con gramófono, pero sí con altoparlante. Se dispusieron a contraatacar. Se reunieron alrededor del micrófono y entonaron a viva voz “The drummer boy”.

A manera de contraréplica se dejó oír del lado alemán “Es ist ein Ros entsprungen”, no menos enternecedora que “Stille nacht”

“Rudolph the red nosed reindeer”, escogieron los súbditos de George V, para contestar.

Se sucedieron de uno y otro lado una retahila de voces a coro.

Tomó cuerpo de este modo un duelo musical que duró hasta el amanecer del siguiente día.

Vino la hora del desayuno. A ambos lados del borde delantero se comió la magra ración con avidez.

Talvez a fin de matar el tedio, decidieron ambas partes reanudar el melódico duelo. Hicieron caso omiso los alemanes del gramófono, e imitando a sus contendientes, cantaron a viva voz las sentidas notas de “Ihr Kinderlein kommet”. Los ingleses contraatacaron con “We three Kings”.

Replicaron los súbditos de Guillermo II con “O Tannenbaum”; los ingleses lo hicieron con “Ring the bells of Heaven”.

El musical enfrentamiento subía y subía de tono de tal modo que en el culmen de su crescendo, de la parte inglesa salió disparado un balón de fútbol hacia la tierra de nadie que separaba los bordes delanteros. Ante el hecho, saltaron de sus trincheras y corrieron tras el esférico soldados de ambos bandos en contienda. ¡Era la navidad de 1914!

Antes de organizar el match saldado a favor de los alemanes, los enemigos se fundieron en intenso abrazo e intercambio de golosinas.

Lobo Pardo


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