23
Jan
16

Misión imposible o el fracaso anunciado

La inseguridad pública que se vive en El Salvador, propiciada por la desidia de los sucesivos gobiernos en materia social, es ya un problema insoluble en cuanto no se remuevan los cimientos del sistema.

Ciertamente, quedan apenas dos caminos para devolver la paz a El Salvador. Uno, la vía de la reforma social, política, económica y tributaria, encaminada a integrar al concierto económico social a las grandes mayorías marginadas de nuestro país, para lo cual, en ausencia de un partido reformista con mayoría absoluta en el parlamento, se requeriría del consenso de el espectro todo, político del país. De ésto, no hay la mínima señal en el horizonte. No hay un solo partido político en El Salvador, interesado en acometer la gravísima inseguridad que padecemos, a través de reformas profundas e integración. Esos partidos han optado por resolver un problema social con plomo y garrote; con guerra y todas las víctimas colaterales que toda guerra conlleva.

El otro camino que va quedando como alternativa es la vía revolucionaria, y ni siquiera una revolución de tipo chavista, porque esa “revolución”, hoy día, llegada a las puertas de su crisis existencial, no logró avanzar mayor cosa en la resolución de la marginación y la pobreza extrema, a tal grado que los mismos dirigentes del PSUV, culpan a los beneficiarios de los “cambios revolucionarios”, de haber vuelto la espalda al gobierno y dado el triunfo a la oposición en las recién pasadas elecciones parlamentarias.

Tendríamos que optar por la vía cubana.  Desde el primer día de su arribo al poder, la revolución se dió a la tarea de garantizar hasta al último de los cubanos, el derecho al trabajo, a un salario acorde al costo de la vida, a vivienda, educación, asistencia hospitalaria, en fin…

En materia de seguridad, la delincuencia y la actividad mafiosa que florecían en esa época, fueron reducidas en tiempo récord a niveles cercanos al cero, producto de la acción combinada entre la policía y la ciudadanía. He aquí la clave de la longevidad del sistema cubano.

La cartera de Seguridad en El Salvador, se ha convertido en una fábrica de desprestigio para los políticos que acceden al alto cargo, precisamente porque aceptan una misión imposible. En un sistema político estable, un fracaso de tal magnitud significa la muerte política del funcionario malogrado. En El Salvador sin embargo, se le recicla recolocándolo en otra función gubernativa, acaso de mayor rango y mejor sueldo. Esta deleznable cultura política afecta directamente la eficacia gubernamental, porque la estructura del gobierno se va poblando de individuos fracasados, y también desmoralizados, puesto que ineludiblemente, al fracaso acompaña la desmoralización.

Unas semanas atrás, un empleado de gobierno, desesperado ante la inpotencia del gabinete de seguridad ante el crimen, se atrevió a pedir públicamente la renuncia del titular de esa cartera, y denunció a la vez que dicho funcionario se ve impedido de dedicarse a tiempo completo a su cometido ministerial, debido a que parte importante de su jornada laboral la dedica al intento de coronar una maestría de nivel universitario.

Si el denunciante estuviese en lo cierto, tal cosa estaría demostrando que los funcionarios que llegan a la titularidad de esa cartera, viendo de antemano, perdida la batalla, adoptan la actitud de invertir su tiempo en otros menesteres ajenos al cargo a que han sido asignados. Con muy justa razón ese empleado que pidió la renuncia del ministro, lo hizo sobre la base de razonar que la tarea de gobernar, ni siquiera tiene una jornada definida, sino que requiere del gobernante, las 24 horas del día; sobre todo cuando se trata de una problemática tan grave como es la inseguridad en El Salvador.

Se ha concretado otro más de los demasiados relevos habidos en la cartera de Justicia y Seguridad. El nuevo ministro es Mauricio Ramírez Landaverde, hasta ayer, director general de la Policía Nacional Civil.

El panorama es el de un funcionario más que abandona esa cartera, signado por el fracaso, pero con la firme esperanza que será reubicado en otra tarea gubernativa; y el de otro titular que llega a ese ministerio, a hipotecar su prestigio ante una misión imposible de cumplir sin la profunda reforma del sistema. Todo un fracaso anunciado.

Ahmed Goliath


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