22
Feb
16

Belerofonte

Vagaba pues, Pegaso, entre las cúspides del Olimpo y el Parnaso. Al caer la noche se refugiaba en los establos de Zeus. Las musas y los dioses se solazaban ante las evoluciones aéreas del prodigioso bruto. Atenea lucía orgullosa una nueva divisa sobre su esplendoroso escudo.

Donde quiera que fuere aquél hijo de Eurínome y Poseidón, al interior o fuera de los muros de Megara, generaba un ambiente de aversión y temor, dada la fama homicida que le perseguía desde que, siendo apenas un niño, había dado muerte al rey de Corinto por lo que desde entonces fue llamado Belerofonte (el matador de Belero). Tal era la presión social que sobre él se ejercía, que abandonó su tierra natal, y erró por la Hélade de incógnito, hasta que, compadecido de él, Preto, rey de Tirinto, hermano de Acrisio, le ofreció refugio y le nombró capitán de su ejército.

Antea, esposa de Preto conoció al nuevo capitán, durante algunos ejercicios de guerra que dirigía él en las afueras de las puertas de la ciudad. Observaba la reina desde una almena de los altos muros las evoluciones guerreras de sus soldados. Eros, travieso y juguetón, que pasaba por el lugar en busca de a quién herir, asaeteó a la reina con uno de sus dardos. En el acto Antea sintió desfallecer a la vista de la viril silueta de Belerofonte. Ahí mismo urdió un plan para tenerlo cerca y poder amarlo.

La reina aconsejó al rey que el nuevo capitán, siendo como era, de la estirpe de Poseidón, debería ser colocado como jefe de su guardia personal al interior del palacio. Así se hizo. Al rey Preto le pareció justa la sugerencia.

Siete jornadas de ida y siete jornadas de regreso, bajo un tiempo benigno, se utilizan para viajar a caballo entre Tirinto y Atenas.

A Atenas llevaban asuntos diplomáticos al rey Preto y su comitiva.

Durante trece noches seguidas, Antea misma citó al hijo de Poseidón a sus aposentos y se le mostró desnuda.

Trece veces aconsejó el sentido del honor y de la fidelidad, a Belerofonte, rechazar cortésmente la sugerencia de la reina.

Trocó en odio la pasión de la reina por el hijo de Eurínome y Poseidón. Regresaba Preto a su palacio. Antea salió a recibirlo. Las primeras palabras que dirigió la reina al rey fueron para acusar a Belerofonte de haber intentado violarla en trece diferentes ocasiones. –Júzgalo y condénalo a muerte; o mándalo asesinar disimuladamente –concluyó Antea.

No fue ira, ni siquiera odio lo que invadió el ánimo de Preto, ante la supuesta infidelidad de su protegido, sino una mezcla de decepción y temor. El temor devenía del siguiente dilema: ¿qué nefastas consecuencias podría atraer sobre sí, en caso que juzgase a muerte o mandase asesinar al hijo de un dios, como pedía su esposa? Se le ocurrió un plan alternativo.

Según ese plan, mandó Preto a Belerofonte hasta Licia, donde reinaba Yóbates, padre de su esposa Antea, con el cometido de entregarle al rey una carta sellada elaborada por él,Preto.

En la carta explicaba el rey de Tirinto a Yóbates lo relatado a él por su esposa Antea, respecto al hijo de Poseidón, y le pedía que por el honor de su hija, asesinara o que de algún modo procurara la muerte de Belerofonte.

En aquél tiempo Licia estaba al borde de la ruina, pero el rey Yóbates era muy rico y aficionado a beber ingentes cantidades de vino. Impresionado más por la fama del mensajero de su yerno, que por la carta que recibía de sus manos, dispuso inmediatamente un prolongado agasajo para el recién llegado; agasajo que dilató varios días con sus noches, al final de los cuales, el soberano se acordó de la carta y dispuso retirar el sello y leerla.

El contenido de la misiva llenó de temor a Yóbates por dos razones. Asesinar al hijo de Poseidón, luego de haberlo agasajado largamente, significaría atraer hacia sí la maldición de Zeus, quien castigaba severamente la violación a las leyes de la hospitalidad. La otra razón consistía en que él, Yóbates, era un simple mortal; y sin embargo su huésped era pariente de los dioses.

El rey de Licia urdió su propio plan. Pidió al hijo de Eurínome que le ayudase a liberar al reino de los grandes males que le atormentaban. Falanges enteras de soldados habían perecido en el intento de erradicar dichos males que provocaban la parálisis productiva y la ruina de la economía en toda Licia.

El primero y más grave de ellos: la Quimera. Monstruo con cuerpo de león y múltiples cabezas (de cabra, de serpiente, de águila, de dragón, de tigre, de león y de oso). Como un salteador de caminos atacaba y devoraba a caminantes y mercaderes que transitaban por las comarcas de Licia; a los campesinos y pastores que se dirigían a sus labores diarias.

Ante semejante tarea, tuvo Belerofonte la feliz ocurrencia de invocar la presencia de su prima Atenea, para solicitar de ella, consejo. Mientras dormía vino la hija de Zeus hasta él y le ejercitó en emitir un agudo silbido colocándose en los labios los dedos índice y mayor. Seguidamente le indicó que cuando hubiese dominado por completo ese ejercicio, peregrinase a pie, con humildes ropas y con todas sus armas (espada, venablo, arco y carcaj repleto de flechas), hasta la base del monte Olimpo. Que estando ahí silbara de ese modo con todo el aliento que le fuese posible en dirección a la cúspide del monte.

Habiendo seguido diligentemente, paso a paso las instrucciones de Atenea, al tercer silbido de Belerofonte al pie del Olimpo, vino volando, hasta él, Pegaso y le ofreció mansamente sus lomos para que le montase.

Volvió a Licia el hijo de Eurínome, sobre Pegaso que cabalgaba por el aire tan alto como lo hacen las águilas. Recaló en la primera aldea que encontró a fin de aperarse de bastimentos y vino. Luego partió en busca de Quimera. La encontró al día siguiente en un descampado bastante al este asechando sobre el camino que conduce a la ciudad de Licia. El combate sucedió como sigue.

Ordenó a Pegaso el hijo de Poseidón, tomara tierra a cierta distancia y entre un promontorio de rocas, se despojó de sus impedimentas quedando solo con sus armas de combate. Saltó sobre los lomos del corcel alado y le ordenó volar tan alto como pudiese.

De las alturas cayó en picado Pegaso tal y como atacan las águilas. A pocos metros del monstruo, lanzo sobre él su venablo Belerofonte, mientras Pegaso remontaba de nuevo hacia las alturas. El venablo se clavó profundamente sobre los lomos del animal. Y sin embargo éste, sintiéndose herido se mostró más furioso aún.

Arremetió del mismo modo seis veces Pegaso y en cada arremetida, espada en mano cercenaba Belerofonte una a una seis de las cabezas del monstruo. Este quedó por último solamente con su cabeza de dragón. Arremetieron cabalgadura y jinete dos veces más, pero el cuello que restaba a la Quimera, dio muestras de ser impenetrable a la espada de su atacante.

Caballo y jinete estaban exhaustos, sin embargo la enorme cabeza de dragón acometía furiosamente hacia sus atacantes. Lanzaba grandes llamaradas de fuego.

Condujo el héroe su cabalgadura hacia las rocas en donde había depositado sus aperos. Se despojó de carcaj y arco. Hurgó en uno de sus morrales y extrajo de él una honda hecha de cuero. Extrajo además  tres grandes bolas de plomo. Calculó que si hacía la maniobra que tendría que hacer para lanzar certeramente las bolas hacia el monstruo, desde los lomos de Pegaso, corría el riesgo de golpear la cabeza de su cabalgadura. De modo que esta vez avanzó hacia su objetivo por tierra. Dejó al corcel alado a la espera.

Colocó el atacante una primera bola de plomo en la honda y avanzó batiendo en círculos la honda. Viéndole llegar, arremetió la bestia hacia él abriendo sus enormes fauces repletas de fuego. Lanzó Belerofonte certeramente una primera bola hacia el hocico de dragón, y luego otra y otra. La Quimera las tragaba, una tras otra. A la tercera bola que tragó entró el monstruo en estertores de agonía. En el interior de su candente garganta el plomo se había derretido destruyendo de ese modo las entrañas de la extraña bestia.

Caminantes que se dirigían a la misma urbe encontraban el cuerpo mutilado de la Quimera, de modo que la noticia de la victoria del hijo de Eurínome llegó hasta Yóbates antes que lo hiciese el propio Belerofonte.

Luego de la victoriosa jornada buscó el héroe un lugar adecuado donde acampar, descansar; reponer energías. Encontró un remanso de agua al fondo de un cañón que desembocaba hacia un pequeño valle escondido. Ahí lavó sus ropas y purificó su cuerpo, mientras Pegaso pastaba alegremente en el valle. Encendió fuego, comió y bebió copiosamente. Dado que Asteria comenzaba a tender su estrellado manto, se echó a dormir para dirigirse a la ciudad de Licia a la mañana siguiente. Dejó a Pegaso en el pequeño pero fértil valle de abundante pasto y emprendió camino hacia la ciudad, solo y a pie, para que el maravilloso corcel alado no causara revuelo en Licia.

Maravillado el rey de aquella hazaña en la que suponía que el hijo de Poseidón perecería, ordenó grandes fastos en honor al héroe.

Todo tipo de viandas rebosaron las mesas. El vino corrió a raudales. Los juglares cantaron una y otra vez la proeza del hijo de Eurínome y Poseidón. La mirada de unos ojos almendrados y graciosos, profundamente negros, enmarcados por abundantes pestañas y cejas se posaban una y otra vez sobre el agasajado. Eran los ojos de Filónoe, hija de Yóbates.

Concluidas las pompas, envió el rey de Licia al héroe hacia el norte contra los sólimos, un grupo de bandidos salteadores de caminos, licitas renegados, pero expertos guerreros que habían derrotado cuanta expedición había enviado contra ellos el rey.

Yóbates advirtió a Belerofonte que si vencía a los bandidos, no regresara a la ciudad de Licia, sino hasta que hubiese vencido a las amazonas que se armaban y entrenaban al sur de Licia, con el declarado propósito de atacar y apoderarse del reino.

Sobre los lomos de Pegaso y desde el aire, divisó el hijo de Poseidón el campamento de los bandidos a la orilla de un arroyo que atravesaba una extensa pradera rodeada de montes rocosos.

Ordenó el jinete a su cabalgadura volar en círculos alrededor de ese campamento y desde el aire lanzaba sus dardos con eficacia tal sobre los bandidos, que en cuestión de horas fue aniquilado hasta el último de los sólimos.

La misma táctica empleó contra las amazonas, que disparaban sus flechas hacia lo alto inútilmente, pues Pegaso volaba más allá, fuera de su alcance. Diezmadas de tal manera fueron las furiosas guerreras que las pocas sobrevivientes que quedaron con vida se vieron obligadas a abandonar el territorio licio.

Despejados de peligros los caminos del país, trajinaban alegremente los comerciantes entre las aldeas y ciudades; pastores y agricultores salían sin temor a sus labores. Enrumbaba Licia prontamente hacia la prosperidad.

Cerca de la ciudad, desmotó el hijo de Eurínome su cabalgadura le acarició largamente el cuello… la cabeza… los lomos…; luego le dio una cariñosa palmada en las ancas, señal para que volara el alado corcel de regreso al Olimpo. En adelante, cuantas veces necesitó ayuda del alado corcel, le bastó acudir hasta el pie del monte Olimpo y silbar del modo que Atenea le había instruido. Entró por sus propios pasos a la ciudad.

Del mismo modo que la vez primera, las noticias de las proezas de Belerofonte, llegaron antes que él al palacio de la ciudad de Licia. Al hacerse presente en la ciudad, nuevos fastos estaban servidos, bailaba el pueblo en las calles, añadían nuevas proezas, los juglares, a la saga del hijo de Poseidón.

Sentados frente a frente, Filónoe y Belerofonte a la mesa del rey, mientras eran servidos, él le dirigió a ella una ardiente mirada inmediatamente correspondida. Eros había flechado a ambos directamente al corazón.

Descartando por completo la anterior petición de su yerno Preto, en medio de las pompas, anunció el rey Yóbates al pueblo, el pronto enlace de su hija Filónoe y el hijo de Poseidón. Concedió a éste el título de “Salvador de Licia”, le colocó a la cabeza de su propio ejército y le nombró heredero del trono. No había procreado Yóbates hijos varones que le sucedieran.

Casó el hijo de Eurínome y Poseidón con la hija del rey de Licia. Tiempo después enfermó Yóbates hasta que vino Apolo a saetear su corazón para que cesaran sus sufrimientos. Belerofonte ocupó el trono.

Siendo rey, no pocas noches mientras dormía vino Hermes a embaucarlo con una idea atroz. –Sois hijo de Poseidón! Sois el amo de Pegaso! Ahora sois rey! Tenéis derecho a habitar el Olimpo! –Susurraba a su oído, el dios de la charlatanería una y otra vez.

Hay quien dice que si su esposa Filónoe le hubiese dado descendencia, dado el encanto que provocan los hijos propios, hubiese el rey Belerofonte decantado su carácter en otra dirección. Y sin embargo, lee pareció justa la sugerencia de Hermes en cuanto a reclamar habitación en el Olimpo. Se encaminó hacia el monte sagrado. Puesto ahí, silbó del modo que Atenea le había instruido. Vino Pegaso a ofrecerle sus lomos mansamente.

Montó el hijo de Poseidón y enrumbó al alado corcel hacia lo más alto del sagrado monte. Zeus que observaba la escena, desaprobó en el acto el insensato intento de el intruso. Mandó entonces el dios padre un tábano a que hincara su hiriente aguijón en el anca de Pegaso. Corcoveó éste de tal manera que su jinete precipitó al vacío. No pereció. Las altas ramas de un alto abeto amortiguaron la caída. Pero ya nunca regresó a Licia. Dientes quebrados; tuerto, de brazos deformes, cojo de ambas piernas, se dio a vagar sin rumbo por la Hélade de tierra firme, hablando incoherencias, no sabía quién era, mendigaba mendrugos de pan en los mercados.

Lobo Pardo

 


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