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Reinventar las leyes

El Salvador languidece de sed

El gobierno ha decretado máxima emergencia nacional a causa de que son cada vez más numerosas y violentas las manifestaciones callejeras, producto de que centenares de populosos asentamientos poblacionales han dejado de recibir el servicio regular de agua por largos períodos de tiempo: meses; años.

ANDA, entidad responsable de abastecer el precioso líquido a la población sirve un agua que se dice potable por puro formalismo, pero nadie sabe si es apta para el consumo humano. Se trata de dos problemas en uno: la pésima calidad del agua y el desabastecimiento.

La embotelladora Agua Cristal, que opera en el país dice ofertar agua altamente depurada, a precios que no son asequibles para la gente pobre. Además, esta empresa ha sido sorprendida más de una vez, distribuyendo agua de mala calidad (sin depurar).

El acceso al agua apta para el consumo humano se ha vuelto caótico para las capas bajas de la población. Ùnicamente las capas medias y altas; las grandes empresas se libran de esta situación, por la vía de acaparar grandes cantidades del líquido vital.

En las causas de esta situación, confluyen tres factores: el cambio climático global; el fenómeno del niño y a la corrupción de los funcionarios gubernamentales. Hace pocos meses recuperó la libertad, Carlos Perla, ex presidente de ANDA. Fue condenado por apropiarse de varios millones de dólares de la institución, pero su corta condena la cumplió como cumplen condena los ricos: transformando su celda en suite de hotel, colocándose luego en paciente espera, seguro que al final del tunel, podrá gozar de los dineros robados al erario público, que a lo mejor ocultó en algún paraíso fiscal.

La suspensión del servicio por parte de la Administración de Acueductos (ANDA), a las comunidades populares, por tiempo indefinido, no es óbice para que ésta institución continúe cobrando a los pobladores por un sevicio que no reciben. En tales casos los afectados se ven perjudicados por partida doble: deben pagar el cobro de ANDA y deben comprar agua a comerciantes inescrupulosos que han encontrado su gallinita de huevos de oro en esta crisis. Éstos se aperan de pipas, las llenan de agua en la primera quebrada que encuentran. Haciendo caso omiso a controles sanitarios, van y venden a los salvadoreños que languidecen de sed.

El gobierno tiene las herramientas necesarias para prohibir esta peligrosa práctica; y sin embargo se limita a advertir a la población que ANDA no garantiza la calidad del agua que se adquiere por la vía de vendedores particulares.

Si nos adentramos a la parte analítica de la problemática, nos aparecen factores recurrentes: los malos gobernantes del pasado; los recién llegados que no terminan de convencer. Aquellos destruyeron el equilibrio natural del territorio. Sometieron los suelos a severo envenenamiento en nombre del derecho a enriquecerse.

Los nuevos inquilinos del aparato del Estado, según los “Panamá papers” se ven, más que otra cosa, preocupados de no perder el tren de aprovechar el poder político para acumular capital.

Lo cierto es que los salvadoreños debemos encontrar la forma de poner paro al grotesco carnaval de nuestros dirigentes y enrumbar la nave alejándola de la catástrofe total, hacia la cual la dirigen los detentores del poder económico y político. Éstos dan muestras de haber perdido toda perspectiva. Minimizan la catástrofe de modo temerario.

“Bastará con abrir unos cuantos pozos aquí y allá”, sugieren funcionarios vinculados a la problemática, sin detenerse a pensar que en su raíz subyace el severo deterioro del medio ambiente y la sobreexplotación de los ya escasos recursos que le van quedando al país, como es el agua. Otra importante causa es el hecho que los gobiernos de ayer y hoy, conceden entera libertad a las empresas constructoras, para que edifiquen haciendo caso omiso a zonas verdes suficientemente amplias, y a omitir sistemas que permitan la filtración de aguas lluvias hacia el subsuelo.

Las empresas constructoras constituyen otro de los peligrosos villanos que han llevado al país a la emergente situación que vivimos hoy día.

Otros funcionarios se ocupan de culpar al pueblo pobre. “Despilfarran demasiado”, dicen. Estos obvian que el mayor desperdicio de agua sucede en las zonas residenciales y en grandes empresas como La Constancia, cuyo colosal consumo de agua provoca escasés en las comunidades que habitan los alrededores de los sobre explotados pozos que utiliza esta empresa.

La constancia utiliza decenas de toneladas cúbicas de agua diariamente para fabricar bebidas edulcorantes que en nada contribuyen a la salud de las personas que consumen tales bebidas; mas bien la perjudican.

El gobierno se propone racionar el agua a las comunidades pobres. La pregunta del millón es que si habrá racionamiento también para los estratos altos de la sociedad.

Entre las medidas emergentes que el gobierno anuncia, sería muy saludable que forzara a La Constancia y otras empresas que se dedican a lo mismo a dejar de producir bebidas edulcorantes, almenos, durante dure el período de emergencia. Y la emergencia debe mantenerse hasta que la última de las comunidades que han perdido acceso al agua, lo recupere. A lo sumo estas empresas deberían producir agua depurada y a precios asequibles a los pobres de El Salvador.

En la cada vez más cercana posibilidad que nuestro país se hunda en la irreversible debacle generalizada, a causa de la sobrexplotación de sus recursos, los oligarcas de todo pelaje volarán a cualquier lugar del mundo en donde se sientan seguros y con suficiente agua para colmar sus piscinas, regar sus amplios jardines y lavar sus numerosos automóviles. Los pobres que en ningún lugar del planeta donde llegan son bienvenidos, se verán obligados a vivir sus últimos días en el fondo del abismo.

La única forma de revertir la catástrofe hacia la que nos empujan los detentores del poder económico y político es reinventar las leyes de El Salvador. Nuevas leyes que coloquen en el centro de la actividad económica y política del país, al ser humano y la recuperación del medio ambiente.

Pablo Perz

 

 


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