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Sobre la personalidad del Estado

A poco menos de medio siglo después de sucedidos los hechos, ha sido condenado por un alto tribunal civil de su país, el octogenario ex general Reynaldo Bignone, uno de los últimos dictadores de la junta militar argentina que irrumpió imponiéndose a sangre y fuego, sobre el proceso democrático en ese país de la América austral. Bignone es asimismo el más reciente de los altos mandos de esa junta militar que ha sido  juzgado y condenado. Antes de él, otros generales de su mismo nivel se han visto obligados a pasar sus últimos días tras los barrotes de la cárcel.

Junto a Reynaldo bignone, fueron sometidos a diversas condenas, 17 ex oficiales más, subordinados a él, todos ellos hallados culpables por el alto tribunal que los juzgó, a partir de su participación en diversos grados, de la tristemente recordada Operación Cóndor, impulsada conjuntamente con similares dictaduras militares del cono sur latinoamericano de la misma época. Esta Operación estaba dedicada al exterminio sistemático de sospechosos opositores políticos y a la ocultación de evidencias. Muchos de ellos fueron lanzados drogados y encadenados a pesas mar adentro, desde aeronaves o navíos de guerra. El total de víctimas de la Operación Condor se cuentan en decenas de miles de ciudadanos latinoamericanos; y muchos europeos que cayeron en sospecha de colaborar con la oposición.

Argentina, Chile, Uruguay y Guatemala forman parte del reducido club de los estados latinoamericanos que han tenido la valentía, en la época post dictatorial, de sentar en el banquillo de los acusados algunos de los militares implicados en los crímenes de lesa humanidad perpetrados por las dictaduras que se impusieron a lo largo y ancho del continente durante los años 70 – 80 del siglo pasado, financiados y apertrechados por sucesivos gobiernos de Estados Unidos.

Hay que destacar que ese reducido club al que pertenece el Estado argentino, no ha sido capaz de llevar ante los tribunales de justicia a la totalidad de culpables, muchos de los cuales continúan en libertad, mientras que otros logran morir de viejos, de igual manera que murió el mayor Roberto Dabuisson en El Salvador, en mullida cama recostado sobre aterciopelados cojines; asistido por un coro de ángeles y altos prelados pertenecientes a su confesión religiosa.

En virtud de su eficacia y normas de conducta, los estados nacionales adquieren cierta personalidad distintiva que diferencia a unos de otros, de tal manera que Guatemala, Uruguay, Chile y Argentina adquieren la personalidad de esos estados en los que el andar de la justicia es perezoso, desganado, signado por el desánimo; pero que al final llega. Y cuando llega esa justicia a donde tiene que llegar, se vierte a gotas; pero al fin y al cabo se vierte. Esto hace al pueblo exclamar: algo es algo!

EEUU por su parte, desde antes incluso de los tiempos de Theodore Roosvelt, ostenta la personalidad de Donald Trump: un Estado procaz, predador y pendenciero, el cual compra en dólares, la voluntad de pobres diablos que le sirven bien, al final de cuyo servicio, les abandona a su suerte, tal y como ha abandonado hoy día a los militares miembros de “La Tandona” en El Salvador.

No obstante ese abandono, ha sido incapaz El Salvador, de colocarse siquiera a la altura de su vecino Guatemala, en donde al menos hay instancias judiciales que no permiten que duerman tranquilos los ex altos mandos y ex oficiales señalados por la Comisión de la Verdad  de los Acuerdos de Paz, como autores de grandes crímenes contra el pueblo guatemalteco.

En el país del beato Arnulfo Romero, hay unos cuantos militares en prisión preventiva, pero no a requerimiento de la justicia criolla, sino a requerimiento de el máximo tribunal de España que los reclama por el asesinato de sacerdotes españoles en 1989. Tampoco es seguro que el máximo tribunal salvadoreño resuelva ceder al pedido de la Audiencia Nacional del país ibérico.

El resto de altos mandos implicados en numerosos crímenes masivos y selectivos en perjuicio del pueblo salvadoreño, viven, en el marco de una ley hecha a su medida (Ley de Amnistía), una vida apacible y tranquila, a la sombra de buenos negocios y de puntual pensión de altos mandos jubilados.

Adquiere de este modo en el panorama internacional, El Salvador, la personalidad de un Estado que amaga justicia, únicamente a requerimiento de extranjeros poderosos; la personalidad de un Estado estructurado, no sobre sólidas, como debería de ser, sino sobre falsas bases de impunidad e incompetencia judicial, falsas bases que a las claras, prometen el descalabro ante el menor movimiento telúrico que tengan que enfrentar.

Ahmed Goliath


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