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FABULA DE LA CEIBA Y EL CAMINO

Los grandes hechos y personajes de la historia aparecen dos veces (Friedrich Hegel)…. Una vez como tragedia y la segunda vez como farsa comedia (Carl Marx).

Después de transcurridos cinco siglos de silencio, La Ceiba y El Camino se pusieron un día a conversar. El Camino se cobijó bajo la amable sombra de La Ceiba y La Ceiba se sentó a la orilla del Camino. Hemos pasado tantos años sin reflexionar lo que ha pasado en estas tierras. Le dijo La Ceiba al Camino.

No recuerdo ¿Cuándo? ¿Cómo? y ¿Por qué?, llegaste a este lugar, dijo El Camino. No sé si fue un pájaro, otro animal, o tal vez un ancestro caminante quien te trajo. Tú eras una simple semilla. Solo tú, y por pura selección natural quedaste viva entre muchas semillas. ¡Es que tú en realidad querías servir! Yo te ví cómo te aferraste a la tierra como una pequeña plántula, contenta, alegre de crecer y vivir.

Cuando fuiste jovencita tu tronco se vistió de espinas para defenderse de los agresores. Espinas saeteras que con el paso del tiempo dejabas caer, mientras tomabas seguridad de ti y de tu imponente tamaño. En tu juventud y temprana madurez te fuiste poniendo panzoncita y bombachona, para luego volverte fuerte, esbelta, grande y hermosa, como en tus mejores tiempos. Así pasaste tus primeros años.

Y tú, tú eras tan solo una veredita cuando por primera vez te ví, le dijo La Ceiba al Camino. Pocos pisaban tu camino. Serpenteabas entrelazándote con el riachuelo y ambos se adornaban con bellas flores y mariposas, coloreados insectos y brillantes plantas silvestres. ¿Te acuerdas del riachuelo? Hace años que desapareció. Hoy nadie tiene memoria del que por aquí fluyó.

Los caminantes orientaban su camino viendo mis ramas y mi tronco, y ya sobre el camino se detenían a descansar bajo mi sombra. ¿Te recuerdas cuando se asentaron por estas tierras los nativos que llegaron quien sabe de dónde? Preguntó La Ceiba, quien continúo diciendo: Unos se establecieron en una aldea y los otros en la otra. Tú serviste para comunicar unos con otros. Los que sobre ti caminaban apreciaban tu servicio y el mío.

Los habitantes de una aldea con los de la otra, vivían en armonía. Tenían los mismos dioses, cultivaban y comían los mismos frutos y alimentos. Lo que unos tenían en abundancia lo intercambiaban con lo que a los otros les faltaba. Así los vimos vivir hasta que a los de una aldea se les ocurrió dominar a la otra. Así comenzó el calvario de unos y la gloria y el poder de otros. Aun así, la aldea sometida mantuvo su identidad y fueron respetados, aunque tuvieron que rendir tributo y sacrificios a los de la tribu dominante.

Aquella civilización que se asentó en medio de una laguna, donde el nopal crecía sobre piedras, que conoció la posición y el movimiento de los cuerpos del universo, que desarrolló el concepto del cero y que uso un calendario más exacto que el que se usa hoy en día. Aquella civilización parecía seguir el ciclo de las civilizaciones imperiales que sucumben por su misma degeneración.

Pero el ciclo natural de auge, esplendor y decadencia fue interrumpido un día, cuando de la mar del este aparecieron unas casas flotantes en las que venían extraños hombres que fueron recibidos con respeto y admiración, como huéspedes llegados de lejanas tierras, arrojados por la furia del mar. Los Nativos trataron de hacerles la vida feliz – dijo El Camino comprendiendo las inclemencias de su travesía. Creímos que con su llegada la profecía de Quetzalcóatl y Kukulcan se estaba cumpliendo. El presagio de que algo maravilloso iba a suceder por fin había llegado.

No fue así. Rápidamente nos desencantaron. Les fuimos tomando desconfianza y distancia, parecían seres enfermos, contagiados por la fiebre del oro. Codiciaban todo lo que nunca habían tenido. Solo les interesó el metal dorado. Yo mismo me ofrecí a conducirlos tierra y montaña adentro – Dijo El Camino – para que

admiraran lo que en estas tierras les podríamos brindar. Les dije que aquí habría espacio y alimento para todos. Les ofrecimos la tortilla de maíz, la papa, los frijoles, el cacao, el tomate, aguacates, zapotes, camotes, jícamas, guayabas, el guajolote y una variedad de frutas tropicales. Hasta los deleitamos con el tabaco y otras yerbas.

Pero aquellos extraños hombres aprovechándose de la ingenuidad de los nativos, les pusieron a pelear unos contra otros y así dominaron a todos. Los que con ellos se aliaron; las ingenuas tribus de Tlaxcala y Texcoco se equivocaron, pensaron que también les respetarían, pero no fue así. Aquellos extraños bárbaros no respetaban nada, ni nadie y vino el desastre… Despreciaron su cultura, su arte y su lengua, les prohibieron sus dioses, quemaron sus códices, borraron su memoria.

Así comenzó el encuentro de dos mundos. Yo diría – dijo La Ceiba – que aquello fue un encontronazo. ¿Cómo hubiera sido la historia y su devenir, si se hubiese creado una civilización integrada por ambas culturas? Pero los hechos fueron diferentes y La Ceiba se quedó preguntando: ¿Cómo hubiera sido esa historia que no fue?

Sometieron a los nativos a trabajos forzados. Dijo La Ceiba. Les impusieron el dios de los barbaros. Estuvieron a punto de perder su propia lengua. Su vida se volvió vida de muerte. Nunca habían trabajado tanto para tantos patronos al mismo tiempo. A las mujeres las obligaron a trabajar desde los jacales, haciendo sombreros, telas, ropas, alimentos, zapatos y todo tipo de objetos que los barbaros comerciaban al otro lado del mar. Los chigüines se criaban solos, sin los pechos y sin el arrullo de sus madres. La vida se volvió ingrata.

Los barbaros trajeron pestes para las que los nativos no tenía defensa. Arrasaron los campos, las aldeas, los caminos y vino un diluvio de crueldad. Aquella abundante y floreciente población nativa fue disminuyendo hasta llegar al punto de la muerte y la extinción. Los nativos no tuvieron motivos para vivir… se fueron muriendo y desapareciendo…

Los barbaros, al ver que los nativos se iban extinguiendo, se preguntaban: ¿Quién trabajará los socavones mineros cuando ya no hayan nativos? ¿Quién trabajará de sol a sol en las haciendas? ¿Quién trabajará para nosotros cuando ya no estén?

Rápidamente encontraron la respuesta a sus preguntas. Ese día se regocijaron de alegría y se fueron a la orilla de la mar, a esperar el extraño cargamento en el que venía la solución. Nosotros – dijo El Camino- también estuvimos curiosos e impacientes de ver lo que venía dentro de aquellas casas flotantes, y escondidos entre las malezas observamos la descarga. Eran otros humanos de piel más oscura, de cuerpos más robustos y fuertes. Venían encadenados de pies y cuellos, unos con otros. Los trataron como animales de carga. Los marcaban con fierros ardientes, el mismo que usaban para marcar su ganado.

Cuando los barbaros llegaron a estas tierras – dijo La Ceiba- vinieron sin mujeres, por esta razón los nativos los recibieron brindándoles las suyas. Las más bellas e inteligentes mujeres se las ofrecían en busca de su agradecimiento. Agrado quiere agrado pensaban los nativos bajo su sabiduría. Pero nunca, nunca, los extraños barbaros fueron agradecidos.

Así surgió una nueva gente mezclada, a la que llamaron mestizos. Estos aumentaban en población, eran nuestra esperanza, pensaron los nativos, pero rápidamente cayeron en la cuenta que esta nueva gente renegaban de su raíz nativa y solo querían ser reconocidos por sus raíces de conquistadores.

Los mestizos se rendían ante los bárbaros, mientras despreciaban y se alejaban de los nativos. Algunos mestizos los odiaron tanto que los trataron con más crueldad que los mismos conquistadores.

Los comprendemos, era su instinto de sobrevivencia, pues nadie en su sano juicio quería estar del lado de los dominados y débiles. Así dialogaban La Ceiba y El Camino cuando llegó el tiempo de hacer una pausa.

Volviendo a su diálogo, El Camino fue quien dijo: La raza nativa terminó extinguiéndose en una de las aldeas, pero se recuperó y se extendió en la otra, preservando un tesoro que algún día será valorado y protegido.

Pasaron los crueles años y todos vieron y vivieron la caída del imperio, que se desplomó como un castillo de naipes. Los nativos fueron de apoco olvidando sus dioses, reemplazándolos por los dioses extranjeros, comenzaron a tener fe y esperanza en sus nuevos dioses, adoptaron su lengua y su nueva cultura.

De repente. Un estruendoso grito se escuchó por todos los rumbos y aldeas. A todos les llegaron a leer unos bandos que nunca entendieron, en los que se decía que de ahora en adelante eran libres e independientes, que ya no había rey a quien obedecer.

Después que hablaron hasta la saciedad de libertad e independencia, vino la guerra de los nuevos patrones. Fue la guerra entre los que se repartieron el botín. La guerra de los que querían tener más de lo que ya el rey les había repartido. Los mismos que venían hablar de independencia y libertad, aparecieron con más hacienda. Unos se llamaron liberales, otros conservadores. Para los chuñas, los encaitados, los de calzón de manta y cotona sin cuello, ambos eran iguales, ambos les daban mal vivir.

Así empezaron las guerras entre liberales y conservadores, pero como las guerras entre minorías solo suele ser una reyerta, necesitaron de las mayorías, les endulzaron los oídos para hacer sus guerras. Los armaron para que se mataran por intereses ajenos y por ideas que no entendían.

Estas tierras nunca fueron reclamadas por nadie – dijo La Ceiba – Nadie se atrevía a reclamarlas, porque todos entendían que eran de todos. En menos de lo que canta un gallo, liberales y conservadores despojaron a los nativos del derecho natural al uso de la tierra, a otros se las compraban al precio de una pacha de guaro, dejándoles únicamente sus brazos, sus cumas y machetes para sobrevivir.

El tiempo fue pasando y el poder se lo fueron alternando liberales y conservadores, y todos repetían lo mismo. ¡Independencia y Libertad!… Tanto sonó aquella cantaleta que terminó convertida en verdad. Los bisnietos de los bisnietos no conocieron otra mentira que la misma mentira conque había iniciado el cuento. Otros más vivos, trazaron fronteras y dividieron la patria grande y pusieron a pelear los de una región con los de la otra y todos se mataron defendiendo patrias que ya no eran suyas.

Vino el tiempo de vacas flacas, que para los nativos fue tiempo insoportable. Hasta que por fin se armaron de valor y con cumas, palos y machetes se fueron a los pueblos a reclamar sus derechos. No les escucharon, y como siempre los acusaron de ideas exóticas y heréticas y los masacraron.

A los sobrevivientes se los tragó la tierra, igual como fueron tragados los muertos. Otros se fueron a tierras lejanas y no se supo más de ellos, algunos se disfrazaron de coyotes, cusucos y tacuazines, se hicieron monteses y aprendieron a vivir en la selva. Otros renunciaron a su cultura, cambiaron de identidad, de peinados y vestimentas. Se escamotearon entre la gente, se volvieron irreconocibles.

Muchos años después, los bisnietos de los masacrados y sobrevivientes, junto con los bisnietos de los asesinos y masacradores se juntaron en las mismas escuelas, inculcándoles un nacionalismo con símbolos de una patria agujereada y desfundada.

Ya lo dijo El Señor de la Burbuja: dijo La Ceiba: “La patria siempre se ha enarbolado para atraer a los más y beneficiar a los menos” (Salarrue 1927-1956) En cualquier lugar donde haya hombres sencillos, donde haya amistad y oportunidad de apreciar el esplendor de la tierra y la naturaleza, donde haya caminos por los cuales caminar libremente y tener el derecho de sentarse bajo la sombra de una ceiba, allí está la patria. El resto es mentira y vanidad.

Cinco siglos después La Ceiba fue talada y su acogedora sombra nadie extrañó. Nadie más buscó dialogar al pie de aquel hermoso árbol, El Camino dejó de ser camino, nadie más disfrutó caminarlo.

Hoy, la gente pasa apiñada en autobuses o en sus propios autos. La sociedad del consumo nos consumió. Juan Pueblo se volvió enemigo de Juan Pueblo. Algunos caminan solitarios con la vista y la mente obnubilada, olvidándose del pasado, otros pocos, sin perder la esperanza y la confianza siguen en busca del camino y la ceiba.

Moraleja: La Fábula de La Ceiba y El Camino deja en libertad al lector de sacar su propia moraleja. Y colorín colorado esta fábula no ha terminado.

Orlando, 7 de agosto, 2016.

Beto Sánchez.


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