22
Aug
16

La dosis

En la comisaría del distrito sur, A Marcelo Franco da Silva le están aplicando la más terrible tortura que conocen los policías de Sao Paulo: en pleno síndrome de abastinencia no le dejan llegar la dosis diaria de crac que le envían sus compañeros de pandilla. La ha pedido de rodillas haciendo el bendito con las palmas de las manos juntas. Bañado en llanto ha besado los zapatos a jefes y a los agentes más rasos. Ha ofrecido sus servicios como sicario, como verdugo, pero es inútil. Lo tienen aislado porque en sus accesos de furia ataca todo lo que se le cruza por delante. Si no se le cruza nada, se lanza a estrellarse contra las paredes de la celda, y cuando cae al suelo, se queda así, de bruces todo el dia o toda la noche. Y en esa posición aulla largas horas como lobo bajo la luna llena, o ruge como un león hambriento. Después llora desconsoladamente como un niño extraviado. Al día siguiente, o a la siguiente noche, se puede adivinar en él cierto alivio, cuando se da a gemir como doliéndose de un dolor profundo por horas interminables; pero es un alivio pasajero; al cabo de cierto tiempo vuelve a implorar entre gritos y llanto, para luego recaer en prolongados accesos de furia.

Por cruel, el método, rara vez se aplica a algún conocido. Marcelo Franco da Silva es torturado, de tal manera, sin embargo por haber incurrido en un hecho de lo más aborrecible: ha matado a un guarda miembro del sindicato policial. Este crimen es tan imperdonable, como imperdonable es que un perro ataque a su mismo amo.

Se le niega el hálito de vida. ¿Qué es Marcelo Franco da Silva sin su ración diaria de crac? Nada! Absolutamente nada! Incapaz siquiera de sostener un arma entre  sus manos! Incapaz de lo que le afirma su propia hombría: satisfacer sexualmente a María Teresa! Sin esa dosis diaria, da Silva es lo que es, una piltrafa humana y nada más!

¿Cómo no va depender del crac Marcelo, si ésto fue lo que le abrió los ojos al mundo…? Antes era un ignorante, que no entendía nada de la existencia humana!

¿No fue el crac el que le hizo ver que habían formas de olvidar el hambre, cuando no hay nada qué comer…?

¿No fue el crac el que le hizo ver que el mundo es abigarrado, abundante de matices, y no un único gris como lo percibía él antes de fumar el primer porro…?

¿No fue el crac el que introdujo a Marcelo en el significado de la palabra amor…?

Marcelo Franco da Silva llegó a la adolescencia sin saber el significado, de esa palabra, y de muchas otras palabras, hasta que se cruzaron en su mísero camino las piedras de crac. La paz; la fortaleza interna de que se vió inundado luego de aspirar ese humo acre, le indujo a entender que más allá del hambre y la sed, más allá de las groseras palabras autoritarias de los más fuertes que él, están los ojos de las niñas! Y qué bellos resultan los ojos de las niñas cuando se les mira detenidamente! Y cuanta emoción nos invade cuando los ojos de las niñas nos devuelven la mirada!

Muchos hombres se civilizan alrededor de una planta, de un cultivo que les satisface las necesidades del cuerpo y las necesidades del espíritu, como aquellos pueblos asiáticos alrededor del trigo; como los nahua alrededor del maíz; o como los beduinos alrededor de la palma datilera; lo mismo que los polinesios alrededor de la palma cocotera!…. ¿Porqué no habría de civilizarse Marcelo Franco da Silva alrededor del crac?, si el crac le satisface como ninguna otra cosa puede hacerlo, las nececidades del cuerpo y del alma…?

¿No fue el crac el que dió a Marcelo las primeras nociones de una jornada laboral muy bien retribuida…?

Le bastaron unas cuantas jornadas como último eslabón de la cadena distribuidora de esas mismas piedrecillas por las calles de Sao Paulo, para realizar el sueño de su vida: poseer su propio televisor, su propia consola de música, su propia chavola, su propio revólver, y la consideración del vecindario!

La importancia de esas cosas resulta indiscutible. ¿No son los filmes policiacos, los melodramas, los que le han revelado las entrañas de la condición humana?; los que le instruyen en el vital arte de la sobrevivencia…?

¿No es la consola de música lo que atrajo hacia él a María Teresa? La niña más bella del mundo, que es después del crac, la segunda razón de sus existencia!

¿No es el revólver, más que cualquier documento legal, lo que le ha dotado de un nombre, una reputación, el respeto; el respaldo de la policía…?

María Teresa ha nacido al mundo para que Marcelo sea un gorrioncillo que pica su alpiste, humildemente, en la mano de ella. El rostro duro de Marcelo, la cicatriz que le corta el pómulo derecho, los tatuajes del pecho, y la facilidad con que extrae el revólver, hacen de María Teresa, en ese tugurio de Sao Paulo, intocable.

A las gentes del vecindario, a sus compinches, a sus clientes, a los simples transeuntes que encuentra a su paso el talante de Marcelo provoca una mezcla de temor y aversión, pero ante María Teresa él se transforma en un niño ansioso, ávido de cariñitos. Ella tiene todos los cariñitos del mundo para él. Ese rostro duro cruzado de cicatrices a ella no le espanta, por el contrario, le dá la seguridad de un aura protectora. El nunca le ha dicho a ella, pero ambos lo saben, cualquier intruso que intente interponerse entre su mutuo idilio, se enfrentará irremisiblemente al cañón de el revólver de Marcelo. Y ambos saben, sin necesidad de decirlo, que la permanencia de María Teresa en este mundo, depende de la fidelidad que ella guarde a él. Fidelidad que se demuestra en que nunca falten las amorosas caricias, las palabras dulces, amables, sólo para él, nadie más que él, y para nadie más.

Para poder beber a placer de la fuente del amor de María Teresa, yendo al dancing los fines de semana, además de la dosis diaria, Marcelo se coloca una dosis complementaria de anfetamina. Esta mezcla tiene la propiedad de dotarle de todas las cualidades que su novia necesita en él para ser feliz: le vuelve incansable, poderoso, influyente, cariñoso y a la vez invulnerable… Aún cuando el dinero se haya agotado, dice María Teresa: -tengo hambre!

Entran a un restaurante, comen, ya saciados, muestra él el revólver al mesero que le sirve, las cicatrices del rostro, los tatuajes del pecho, de los brazos para luego salir a la calle tranquilamente.

Dice ella: -abordemos un taxi!

Abordan un taxi, al final del viaje vuelve él a mostrar el revólver, las cicatrices, los tatuajes, y el taxista se da por bien librado.

La madrugada después del dancing dijo María Teresa: -entremos al cine! Justo va comenzar la cinta!

Entraron, se acomodaron, tomados de la mano se dieron un beso apasionado. El recostó la cabeza en el hombro de ella, para decirle una vez más con palabras susurradas al oído, que él nació al mundo cuando ella apareció en su vida. María Teresa, acariciándole tiernamente el pelo, callaba con la vista fija en la pantalla. Exactamente a mitad del filme, dijo ella: -tengo sed! Me antojan un refresco y unas palomitas de maíz.

Como cumpliendo una orden, se levantó Marcelo del asiento y se encaminó hacia la sala de espera. Se paró ante la máquina de refrescos. Echó mano a la billetera, buscó y cayó en la cuenta que no tenía dinero. Ni un solo céntimo! Mas tenía la ventaja de estar en trance de invulnerabilidad. Por sus venas circulaban aún, trazas de la dosis diaria de crac, y la dosis semanal de anfetamina.

Con el revólver en la mano, se dirigió al expendedor de entradas, le apuntó a la cabeza, conminándolo a entregar la recaudación de la noche. El expendedor le entregó lo recaudado: veinte mil reales en billetes y monedas. Se dirigió a las máquinas, con algunas monedas sacó dos refrescos y dos bolsas de palomitas de maíz. Apareció el guarda del cimematógrafo. Haciendo uso de la doctrina del ataque preventivo, Marcelo le disparó en el pecho la parada completa del revólver. Entró a la sala de proyección, se sentó amorosamente al lado de su novia, le entregó un refresco y una bolsa con palomitas de maíz, le dió un beso, cruzó las piernas y se dispuso a disfrutar del resto del filme.

Toda sociedad tiene su lugares sagrados, vedados incluso a la acción policial. En Sao Paulo lo son, como los prostíbulos, las salas de proyección cinematográfica, no por el hecho que el pueblo los considere divinos, sino por la enorme influencia política que tienen ante el Estado, los dueños del negocio.

Se hizo presente la policía, un forense; reconocieron el cadáver del colega tendido en el suelo, y levantaron un acta. Acto seguido se dispusieron los agentes, a esperar que terminara el filme. Enmedio de la multitud que abandonaba la sala de proyección, venían tomados de la mano, los novios.

Él comenzaba a sentirse cansado, sediento, con cierto temblor en los músculos. María Teresa reparó en que habían manchas de sangre en las ropas de él. Marcelo Franco da Silva se palpó el revólver en la cintura, recordó que había gastado todos los tiros del magazin. Ante la superioridad numérica de la policía, se limitó a levantar las manos. Necesitaba la siguiente dosis para recuperar la invulnerabilidad que en ese momento lo estaba abandonando.

Lobo Pardo


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