26
Sep
16

El tatuaje

No viene al caso quién o quiénes de los vecinos del arenal vinieron a ella con la noticia. En tales circunstancias, alguien o algunos, habrían llegado en actitud compasiva; otros lo habrían hecho con el mayor morbo. Lo cierto es que encaminándose a donde la requerían, en la mente de Matilda, como en cinta cinematográfica sucedían los principales y previos acontecimientos relacionados con el infausto hecho.

Un primer alumbramiento fallido, le dejó la experiencia que la mejor posición para una mujer de partos expeditos, como ella, es parir de cuclillas.

El segundo alumbramiento no le cogería de sorpresa. Compró cinco dólares de agua que almacenó en barriles de plástico. Antes de la media noche se presentaron los dolores.

Tres veces puso a hervir un recipiente grande con bastante agua. Cuando el agua estaba lista, la depositaba en tres valdes que colocó al pie de la cama. A la par de los valdes, sobre una silla, colocó una pastilla de jabón, una esponja suave y una tijera de cortar papel. Tendió junto a valdes y silla, un ancho pliego de plástico sobre el piso de tierra, y sobre el plástico colocó lo más ordenado que pudo, un montón de trapos limpios a manera de colchón. En una esquina de la cabaña había un recipiente grande repleto de cal.

De madrugada arreciaron los dolores. Se tendió en la cama a ayudarse ella misma a la evacuación. Cuando las aguas comenzaron a romper el saco vitelino, abandonó cuidadosamente el lecho; agotada, temblando por el esfuerzo, se acuclilló sobre el colchón de trapos. En la cúspide del dolor y el denuedo, se preguntó si no había sido demasiada temeridad de su parte, haber prescindido de toda ayuda. Sufrió un vértigo. Sentía desmayarse cuando como una uva que se desliza fuera de su cáscara, cayó Joselito sobre el colchón de trapos. Otro tesón más, y al poco tiempo cayó también la placenta. .

El crío berreaba a todo pulmón. Tomó la tijera, cortó el cordón umbilical. Lavó al recién nacido con agua y jabón. Se lavó ella misma lo mejor que pudo. Envolvió en mantillas al recién llegado, lo tomó en brazos y se volvió a tender en la cama a darle de mamar. Ambos se quedaron dormidos. Horas después despertaron. Dió de mamar otra vez a la criatura. Ésta volvió a dormir. Mientras el crío retomaba el sueño, recogió Matilda los trapos sanguinolentos y empapados, la placenta; los colocó en bolsas plásticas, bajó hacia el arenal (ya era de noche otra vez); lanzó todo al río y regresó. Tiritaba, no de frío, sino por el desgaste físico.

Echó mano a más agua de los barriles, lavó con jabón todo lo que había que lavar. Esparció cal sobre la humedad anegada que había en el suelo de tierra. Concluídos esos quehaceres, se preparó una sopa instantánea (sin verduras o carne); la bebió con tortilla calentada. Desfalleciendo, se encaminó hacia la cama y volvió a dar de mamar al voraz chiquillo que exigía más pecho con chillidos. Los dos volvieron a quedarse dormidos.

Más de quince años hacía que salió y ya no tuvo valor de regresar al Pitarrillo, el caserío donde había crecido. Empezando por su propia parentela, la tildarían de puta por parir hijos sin padre, seguramente la tratarían con desprecio.

La vida discurría con gran rapidez. Ni ella misma acertaba a ordenar en su mente lo que había acontecido. Joselito era un chico más blanco que moreno, diríase, agringado. Cuando la gente le preguntaba por el padre de chico, solía bromear. –A este cipote lo he hecho yo solita, sin marido.

Su meta primera fue trabajar un tiempo y volver al Pitarrillo con suficiente dinero para hacer feliz a sus progenitores. Antes de su segunda preñez entró a trabajar como lavandera en una mansión de la zona residencial, al servicio de unos señores cuyos nombres nunca aprendió a pronunciar, pero que les oía afirmar que toda aquella prosperidad en que vivían se debía a que pertenecían al pueblo elegido de Dios, por eso, no solamente eran ricos, sino además, bellos, lozanos, saludables. Entre sus amistades se contaban el presidente de la república y los jefes del alto mando militar.

De noche, en su dormitorio, los hijos mayores del patrón la requerían de amores. A ella, una india montaraz, ésto le provocó, sin embargo, una suerte de autoestima. Reparó que en ella había cierta hermosura antes ignorada. Tampoco dejaba de resultarle sospechoso que hasta los amigos de los hijos de sus patrones comenzaron a acceder a su dormitorio.
¿Sería ésto, anuncio que también ella sería llamada a formar parte del pueblo elegido de Dios?
¿Se abrirían para ella, de esta manera, las puertas de la salvación eterna?
Los patronos le demostraron que tales conjeturas no eran más que estupideces.

De pronto se vio de patitas en la calle. Amenazaba con su relajada conducta, la educación de los chicos que se encontraban en una edad esencial.

Joselito nunca gustó de la escuela porque no podía tener libros, ni lápices, ni cuadernos, ni siquiera zapatos. Aprendió que fumando un cigarrillo se puede olvidar un tiempo de comida; que esnifando un bote con pegamento se pueden olvidar muchos tiempos de comida. Puede olvidarse además que se carece de zapatos, de cama, de techo; incluso, puede uno olvidarse hasta de la mamá. Comenzó a ausentarse por días enteros de Matilda. Capturó su atención el llamado “crematorio ” donde acuden a descargar los camiones recogedores de basura. Allí encontraba cosas interesantes. A veces hasta de comer y nunca estaba solo. Hacía muchos amigos entre las decenas y decenas de gentes de todas las edades que hacían lo mismo que él. Pepenaban materiales reciclables y los vendían a compradores que se apersonaban el lugar.

Su madre intentó hacerse de un puesto de ventas en el Mercado; pero para eso hay que contar con un pequeño capital y con el favor de el gerente de mercados y del jefe de la Policía Municipal. Ambos funcionarios requerían de ella, para dar trámite a la solicitud, además de tributación en contante, tributación sexual.

Tomó entonces la decision de revender baratijas en los alrededores del mercado.

Esta decisión suya transformó a los antesdichos funcionarios municipales, antes amigos, en enemigos. Ahora la perseguían como a una prostituta. Las ventas ambulantes aledañas al mercado están prohibidas.

Hacía un par de meses que Joselito no llegaba a casa.

El vigilante que disparó, se mostraba hasta cierto punto ufano. Tenía claridad que había actuado dentro del marco legal. Actuar con drasticidad bajo el amparo de la ley, significan puntos en el escalafón del oficio y simpatía patronales. Sorprendido en flagrancia un ladrón, que no atiende la voz de alto, faculta la ley a disparar. Que el robo sea por hambre; ésto nada tiene que ver.

Matilda levantó la sábana que cubría el cadáver que estaba tirado en la calle rodeado de transeuntes. Analfabeta, pidió a uno de los curiosos que leyera el letrero que llevaba grabado en la pura carne aquel pecho joven y agringado que yacía con un balazo en la espalda y una hogaza de pan en la mano. Hacía tiempo presentía este desenlace, por eso se comportaba, hasta cierto punto con entereza; mas cuando escuchó lo que se leía en el tatuaje, sollozó lo más discreto que pudo. La vida le había enseñado a llorar quedamente por terrible que fuera la pena.

Era un tatuaje de letras muy grandes y rústicas donde se leía: ”perdoname madrecita por la vida loca que llevo”.

Lobo Pardo


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