05
Okt
16

Dura lex, sed lex

El Gato y el núcleo duro de su clica, en fase de instrucción ingresaron al penal de oriente, imputados por la muerte de Boanerges Mora, vigilante del penal de Ciudad Tonaca; y veinte homicidios más. A Boanerges le dieron de balazos en la puerta de su casa. La señora Licha reconoció a los asesinos de su hijo y se dispuso a servir de testigo. –¿Y cómo no los voy a reconocer, si los he visto crecer desde chiquitos? –dijo ante el juez.

–Le  dimos (lo matamos), por órdenes de la Voz (jefe superior), porque no agarraba la onda (no colaboraba),  –dijo el Gato, ya ingresado, a Concho, lider de una clica hermana.

–`Testigo Criteriado´ es un genial descubrimiento jurídico, capaz de lograr una segunda oportunidad para cualquiera! Puede darte medidas sustitutivas, incluso libertad condicional! –dijo el licenciado Arrieta a Wendy Chinchilla. Se vestían después del amor–. Según la ley, Testigo Criteriado es aquél al que a cambio de información útil, se le atenúa la pena si resulta sentenciado en el contexto del ilícito cometido –agregó.

Ella tomó el dinero ofrecido por Arrieta, y sin contarlo lo guardó entre el sostén y los senos. Confiaba en que siempre le daba suficiente.

Ya habían dos testigos contra el Gato. El otro era Wendy Chinchilla. Estaba harta de esa vida. Se disponía atestiguar sobre los hechos en que participó con la clica, para después emigrar a Estados Unidos.

El juez quinto de instrucción ofreció protección a ambos testigos. Wendy aceptó y la llevaron a vivir a una casa, desconocida para Arrieta, arrendada por la policía en el occidente del país. No así la señora Licha –¿Quién le va dar de comer a mi familia? –preguntó al juez.

El letrado no contestó.

En el penal de oriente, a una señal del Gato acudió el vigilante al punto de contacto secreto. –Preparáme el celular, –le  dijo; le extendió seis dólares y un chip.

El vigilante entró al baño, le cambió chip a su celular, después lo puso a cargar en uno de los tomacorrientes que están junto al escritorio, a la entrada de la cuadra de vigilantes.

Cambiar chip a un celular equivale a cambiar de identidad, entrar al anonimato, a la clandestinidad.

–De quién es ese celular? –preguntó el sargento jefe.

–Mío! –dijo el vigilante, y le tendió, con disimulo tres dólares.

Se oyó la señal que la carga estaba lista. Con toda naturalidad desconectó el aparatito (el vigilante), se dirigió a su catre, guardó el cargador entre sus pertenencias y se echó el celular al bolsillo.

Amparado al trajín de la hora del almuerzo, puso el vigilante en manos del Chinche (edecán del Gato), el celular. Este agilmente lo ocultó entre sus ropas; minutos después lo depositó en manos de su jefe.

Se bajó los pantalones el Gato y se acurrucó sobre el hoyo en el piso que hacía de retrete. Primero se comunicó con el Chino hasta Ciudad Tonaca. –Procedan con el testículo (testigo), –le dijo.

Luego se comunicó con el licenciado Arrieta: –necesito la ubicación del tecri (testigo criteriado). –Información clasificada–, contestó el licenciado.

–En cuánto está valorada? –preguntó el gato.

–No menos de dosmil, –contestó Arrieta.

Volvió El Gato a marcar el número del Chino. –Pasen la balanza (extorsionar comerciantes), arriba y abajo (en las partes alta y baja del barrio), y le entregan dosmil al licenciado, –le volvió a decir.

Habiendo pasado la balanza le fueron entregados dosmil dólares al licenciado. Este se comunicó con el comisionado protector de testigos. Comisionado: –le atenderé en la otra línea. ¿tiene usted el número? –Sí, lo tengo.

Entró al baño, le cambió el cmisionado chip a su celular. Volvió a sonar el aparatito. Arrieta explicó lo suyo.

–Información clasificada, –contestó el comisionado.

–Lo sé, –replicó Arrieta– ofrezco mil.

–Bueno, entonces venga a mi oficina y arreglemos.

Conferenció con Arrieta el Chino y entró en acción; era su oportunidad para subir de rango. Convocó al resto de la clica. Aguardaron toda la noche fumando crac. Al amanecer, movilizados en un vehículo de cuatro puertas, encontraron a la señora Licha barriendo el andén de su casa. –¡Aquí tenés por soplona! ¡Vieja cabrona! –le gritaron mientras le disparaban a la cabeza. Según la policía, desaparecieron sin dejar rastro detectable.

Se dirigieron hacia occidente.

Dos matutinos dieron las noticias, sin sugerir vinculación entre ellas: el asesinato de la señora Licha por un lado, y la muerte violenta de Wendy Chinchilla, por el otro. Según los forenses, Chinchilla había sido violada, luego de lo cual le introdujeron un palo en la vagina. Hechos sucedidos en el occidente del país.

Sonó el celular del juez quinto de instrucción. Contestó y oyó la Voz. –Le atenderé en la otra línea, –dijo el juez. Entró al baño y cambió el chip.

Al reanudarse el contacto dijo la Voz: –deseo hablarle del caso Gato; como usted sabe, implica diez personas.

–Dígame.

–Entiendo que es un caso sin testigos.

–Así es la nueva configuración del caso. ¿En qué le puedo servir?

–Mi empresa registra pérdidas por la ausencia de esos empleados míos de su lugar de trabajo. Pido nada más se actúe en apego a la ley. Procede sobreseer.

–Eso depende del criterio del juez ejecutor, es decir, mi persona.

–Entiendo, por eso solicito de usted un criterio en consecuencia.

–Esa encomienda no la puede atender un juez, pero la puede atender un abogado particular. El abogado atiende en base a costos procesales y honorarios, no así un juez.

–De acuerdo. Enviaré a mi apoderado (Arrieta), a su bufete particular, con el poder de cubrir costos y honorarios.

–De acuerdo. Espero. Hasta luego.

–Hasta luego!

El día de la vista preliminar, se sabía que la señora Licha y Wendi Chinchilla ya no pertenecían a este mundo; sin embargo el juez instructor echó a andar rigurosamente los plazos perentorios de ley, luego de lo cual hizo sonar el mazo contra el madero sobre la mesa para ratificar el sobreseimiento de los imputados, dada la ausencia de testigos.

Culpables, sin embargo, de veinte homicidios. Almenos tres cadenas perpetuas, era la posición de la fiscalía.

Por inicua que sea la conducta de los hombres, siempre tienen un dios a quien orar. Al escuchar el fallo, los imputados cayeron de hinojos en actitud de oración ante las cámaras de los reporteros de prensa.

Los parientes de las víctimas rompieron a llorar.

El llanto de los ofendidos conmovió al licenciado Arrieta de tal modo, que hubo de ponerse en puntillas enmedio de la sala para decir en voz suficientemente alta para que todos oyeran: –señores! La ley es dura; pero es la ley!

Lobo Pardo


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