21
Nov
16

El país de la sonrisa

” … Y en esa coyuntura, el coronel de turno en la presidencia decretó que el pueblo era feliz, instituyó entonces a la nación el sobrenombre de El País de la Sonrisa …”

En una de las champas del tugurio Arenal, en la capital del país que había gobernado el marido de la Mimi, a las cinco de la mañana, bajo la luz de una solitaria bombilla, tostaba una tortilla el viejo Carmelo, sobre el  brasero de una hornilla. Allí mismo hervía una jarrilla de achicoria y una pequeña olla con frijoles. Vivía solo. Viviendo en la San Juan, años atrás, su mujer había muerto. Uno tras de otro, habían partido sus tres hijos en busca de mejor fortuna y no regresaron jamás. Se preparaba para ir al trabajo. Engullía la tortilla y la ración de frijoles con desgana. No sabía si era la última vez que lo hacía. La incertidumbre le quitaba la apetencia. A saber si a esa hora ya estaba sentenciado a muerte.

La tarde anterior venía cansado. Va y viene de sus labores a pié pues, si paga bus no le queda para comer. A la entrada del tugurio, un grupo de cipotes aún lampiños, entretenidos en una acalorada discusión entre ellos le cerraban el paso. El les increpó: –¡Por la puta! ¡Déjenme pasar hombre! ¡Ustedes como no tienen qué hacer, solo jodiendo pasan todo el santo día! –les dijo.

Uno de ellos lo encaró: –¡Bueno viejo cerote! ¿Te querés morir? ¡Aquí somos nosotros los que mandamos!

El viejo reparó en que estaban armados y bajó el tono.

En ese momento iba llegando hacia ellos el Pirueta (unos treinta años). –¿Qué pasa? –preguntó.

–¡Que este viejo culero viene hablando fuerte, como si fuera él quien manda aquí! –dijo el Chipilín.

–Vení para acá –dijo el pirueta al viejo Carmelo, apartándolo del grupo–. ¿Donde vivís?

–Aquí recto, en una de esas champas que están en la bajadita, antes de llegar a la tienda.

–¿Tenés electricidad en tu champa?

–Un foquito nada más; el radio funciona a baterías.

–¿Le pagás a la compañía o a la alcaldía?

–A nadie vos, si aquí no vienen a cobrar!

–Y ¿sabés porqué no vienen a cobrar?

–Yo digo que por la mara vos!

–Por la puta que sos inteligente, ya te diste cuenta. Pues sí, por la mara es, ¡fijate vos!

–Y sabés quien conectó la línea para tu foquito?

–Yo le pagué a Chomo el electricista!

–Pero Chomo le pidió permiso primero a la mara, y la mara le cobró la mitad de lo que vos le diste.

–Eso si no sé!

–Pues sabelo y que nunca se te olvide que aquí en el Arenal, quien manda es la mara! Y quien se pone contra la mara, se muere! ¡Andate a la mierda! –agregó el Pirueta dando media vuelta, hacia los cipotes.

Carmelo siguió su camino cabizbajo.

–Ah! ¡Mirá vos! –le gritó otra vez el Pirueta– Vení para acá que se me olvidó una cosa!

A Carmelo le temblaban las corvas y obedeció sin chistar. Llegó de nuevo hasta el jefe de la clica de cipotes. –Aquí estoy –dijo.

–No! Es que se me olvidó preguntarte una cosa!

–Preguntá pues –dijo Carmelo con toda la humildad que le fue posible.

–¿Quién manda aquí en el Arenal?

–La mara –respondió el increpado con la voz quebrada.

El pirueta y la clica de cipotes estallaron en estruendosas carcajadas de burla. Le dieron la espalda yéndose de ahí, dejándolo solo. El jefe de la clica se volvió una vez más hacia Carmelo para gritar –¿Y que le pasa a quien se pone contra la mara? –¡Se muere! Se muere! –Corearon los cipotes y volvieron a carcajear.

Engulló el último bocado de tortilla, bebió el último sorbo de achicoria, tomó sus aperos: un balde con trapos, dos cepillos, una esponja muy grande y una bolsa de jabón en polvo. –¡Que se haga la voluntad de Dios –dijo, se persignó,  salió de la champa, colocó candado a la puerta y se puso en camino al parqueo de autos del Centro Judicial. Allí se ganaba la vida limpiando parabrisas y lavando las llantas de los autos que llegaban en memesteres propios de la justicia.

Al salir del tugurio respiró aliviado. No lo estaba esperando la clica de la mara. ¡Por esta vez no había sido condenado a muerte!

La andadura era de una media hora si no habían tropiezos por el camino. Alguna balacera, un grave acidente de tránsito, alguna masiva protesta callejera, o una detención arbitraria de la policía.

Llegado al parqueo del Centro Judicial se entregó a cumplir su rutina laboral alternando con otros competidores del mismo oficio.  Se dirigió al grifo del agua, llenó a medias el balde y fue a sentarse al arriate en espera de algún eventual cliente. La suerte le fue propicia. Una lujosa camioneta de tracción en las cuatro llantas fue a estacionarse justo frente a él. Los competidores corrieron hacia allá, pero Carmelo de un salto estaba plantado ante la puerta de chofer cuando éste salía del vehículo.

–¿Qué se le ofrece patrón?

El conductor del vehículo, muy bien vestido, con corbata roja y peinado a la  gomina, no le prestó la mínima atención, iba absorbido por entretenida discusión con otros dos que le acompañaban, tan elegantes como él. Ante la insistencia de Carmelo se volvió a él diciendo: –¡Cuidame la camioneta y chaineámela lo mejor que podás!

–Puta –pensó el inquilino del Arenal–, estos maistros si que parecen de buena plata! Les voy a dejar la camioneta como pintada!

Los tres abogados, cada uno de ellos maletín en mano, se dirigieron a la Sala Primero de lo Penal, en donde se dirimía el proceso a que era sometido Tono Sacasa. Este había tenido menos suerte que el marido de la Mimi, el otro ex presidente requerido por la ley. Bajo Sacasa pesaba la acusación de desfalco a las arcas del Estado, guardaba prisión en el cuartel de policía junto con cinco de sus colaboradores. El principal de los abogados llevaba en su maletín un recurso de apelación en favor de Sacasa, para que éste fuese procesado en libertad y poder de este modo pasar las navidades en casa y con su familia.

En cuanto al oficio de los hombres del parqueo, el trato en esos casos es que al salir de sus ocupaciones el dueño del vehículo paga a su discreción por el servicio prestado, de tal modo que según cuentas de Carmelo, con el pago que esperaba, podría  darse el lujo de un par de días de vacaciones.

Se lanzó practicamente sobre la camioneta con todos sus aperos. La enjabonó y la enjuagó por los cuatro costados. Fué por más agua y se puso a las llantas hasta dejarlas relumbrantes. No satisfecho, hurgó dentro de su bolsón hasta encontrar su más preciado medio de trabajo: una caja de pasta de pulir lacas de vehículos, y se entregó a untar y pulimentar el vehículo. La agotadora jornada duró unas dos horas, pero, según el valúo hecho por él, unos tres dólares por lo menos, valía la pena.  Un sol de justicia pugnaba por alcanzar el cenit. Agotado por el esfuerzo, se retiró Carmelo al arriate, a, sentado desde ahí, admirar su obra de arte. Esperó largos minutos, sin resultado alguno, a que el encargador de la obra apareciera. De repente entraron al parqueo tres vehículos similares al atendido por Carmelo. Todos los del oficio se lanzaron hacia ellos. Los tripulantes de los vehículos dijeron estar interesados y no contar con mucho tiempo. Requerían que el servicio se hiciera lo más rápido posible, por lo que pagaron por adelantado.

Ante la urgencia de mano de obra, los camaradas de oficio recurrieron a Carmelo. Este, contento por un día bastante productivo, se sumó a la labor. En ésto ganaba un dólar extra. Cobró y se dirigió a continuar la espera de su primer cliente. Le invadió un mareo. Se sintió como extraviado. Volvió a examinar con la vista los alrededores. No! No estaba extraviado, era el paisaje que estaba diferente. Ocurría que la camioneta que había atendido ya no estaba ahí!

–¡Por la gran puta!

Hizo el esfuerzo sobrehumano de no llorar, para que sus compañeros de oficio no pusieran en duda su hombría.

Detenidos por un semáforo, los abogados seguían discutiendo, hasta cierto punto, con pasión. Según voceros del gobierno, el fiscal estaba al servicio de la oposición; la oposición opinaba que el fiscal estaba al servicio del partido en el poder.

El semáforo dio paso a la camioneta. La discusión de los letrados variaba entre sosegada y virulenta. –¡Es la embajada vos, la que está detras de todo ésto…!

–Pero no solo los gringos están dando pábilo al fiscal y a los magistrados!

–Sí, es cierto, también están los alemanes, los franceses y también los españoles, como si el gobierno de Rajoy no estuviera hasta el cogote de corrupción.

–A propósito, ¿ya mandaste el msm a la señora Sacasa?

–En eso estoy, esperame.

Se trataba de un mensaje cifrado: “Estimada Lili: desde luego que usted tiene necesidad de cocinar, pero le sugerimos no siga comprando el gas en la tienda del turco”

Era la clave para decir: “no siga moviendo la cuenta depositada en el banco de Dubai”

Lobo pardo


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